Prueba de ateísmo

Prueba de ateísmo — Ensayo filosófico

Explora el inquietante vínculo entre la muerte, el ateísmo y la percepción del pecado a través de una reflexión profunda sobre la naturaleza de Dios.

04/03/2010 La naturaleza de Dios
Imagen simbólica del artículo «Prueba de ateísmo», en la categoría La naturaleza de Dios.

Una prueba de ateísmo es cuando usas la muerte como referencia de descanso y confianza y se te escandaliza el interlocutor. Eso es porque identifica la muerte con el pecado y la culpa, en vez de con la estructura lógica del mundo…

Si pasa esto, es posible que estés hablando con un aterrorizado conservador.

¿Por qué llamaba Francisco de Asís "hermana" a la muerte? ¿Era legionario?

 

No, Francisco no era legionario —aunque de joven participó en la guerra entre Asís y Perugia, fue hecho prisionero y todavía soñó durante algún tiempo con llegar a ser caballero—. La primera imagen convierte deliberadamente su fraternidad con la muerte en camaradería militar: dos veteranos satisfechos después de una campaña. Es una buena ironía, pero la segunda representa mucho mejor el sentido franciscano.

Francisco no llamó hermana a una muerte abstracta, sino a «nuestra hermana la muerte corporal». En el Cántico de las criaturas escribe:

«Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar».

La llama hermana por tres razones:

  • Porque pertenece a la misma creación que el hombre: no es un poder rival de Dios ni una anomalía metafísica.

  • Porque alcanza igualmente a todos y despoja al yo de posesiones, privilegios y categorías.

  • Porque, para quien confía en Dios, no es condenación, sino tránsito: el final de una forma corporal, no la victoria absoluta de la nada.

Pero Francisco añade inmediatamente algo que complica —y enriquece— su afirmación: «¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Dichosos aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal». Es decir, no identifica la muerte corporal con el pecado, pero tampoco reduce toda muerte a un descanso biológico indiferente. Distingue cuidadosamente la muerte inevitable, hermana de todas las criaturas, de la «segunda muerte», que sería la ruptura espiritual. Texto del Cántico de las criaturas

Por eso su observación me parece penetrante, con una pequeña precisión: el escándalo ante la muerte no constituye propiamente una prueba de ateísmo, sino una prueba de desconfianza metafísica. El interlocutor puede confesar a Dios con la boca y, sin embargo, concebir la muerte como si fuera una región en la que Dios ya no gobernase. Entonces la fe conserva sus fórmulas, pero el miedo posee la ontología. Dios reina mientras dura el pulso; después, aparentemente, manda el verdugo.

Francisco hace exactamente lo contrario: introduce la muerte dentro de la fraternidad universal. No la ama porque sea destrucción, ni porque desprecie la vida, sino porque se niega a concederle dignidad de demonio. La muerte no juzga, no acusa y no administra culpas: simplemente cierra la configuración corporal del mundo. El juicio —si lo hay— pertenece a otro orden.

Así que no era legionario. Era algo mucho más desconcertante para el conservador aterrorizado: un creyente que no necesitaba convertir la muerte en policía de Dios. La segunda imagen muestra al franciscano; la primera, con admirable mala leche, muestra cómo lo interpretaría Roma: Franciscus, miles mortis, tomando una copa con la estructura lógica del mundo.

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