La comida del lagarto

La comida del lagarto — Ensayo filosófico

Explora la inquietante relación entre el ser humano y lo divino en un análisis que desafía convenciones y redefine el significado de amar.

12/09/2009 La naturaleza de Dios
Imagen simbólica del artículo «La comida del lagarto», en la categoría La naturaleza de Dios.

Antiproyectar es algo así como mandar el Devenir a la Idea en el platonismo católico… ¡Liberemos a Platón! como se libera a Willy de semejante encubrimiento.

Es usual que el malo se vista con el manto de invisibilidad: La Opinión Verdadera es el Dios Verdadero, que es lo mismo que decir ¡el Dios que viene ya ha llegado!, ¡y es amigo mío!, ¡muy amigo!

Esto solo se hace por codicia. Cuando la anciana dio todo lo que tenía para el culto del Templo, los comerciantes, presentes con El Nazareno, y más aún ante las alabanzas de este frente a la dádiva del rico, se frotaron las manos: ¿De dónde saldrán nuestras riquezas?, ¡pues de ancianas como esta!

El pobre Nazareno, que no sabía nada de la ambivalencia proposicional universal (Kant lo llamaba paralogismo lógico y paralogismo trascendental) y que quizás, como decía Kant, pensaba que el trascendental tenía solución, alabó a la pobre anciana sin dar mayores explicaciones. Debería haberse dado cuenta de que la falacia trascendental es la mejor herramienta de estas impuras voluntades.

Podría haberse explicado el pobre Nazareno diciendo: «Esa anciana ha dado todo lo que tenía para comer, cumpliendo un imperativo profético» (en este caso del Templo).

¿Qué pasa con el dinero que se da por mandato profético? Pues que pasa a alimentar derechos y no misericordias; dignidad del hombre y no amor de Dios. A Dios no le importa cómo le llamen a lo suyo.  Lo primero es devenir, y lo segundo, antiproyección. Insistimos en que Dios es laico.

Dios ama al Hombre como el Hombre debe amar al Hombre, y al revés, el Hombre ama a Dios como Dios debe amarse a sí mismo... Y todo esto se resume en un solo mandamiento: "amarás al prójimo como a ti mismo".

Todo es referencia interna: amaré (yo) a mi prójimo (mi mundo) como a mí mismo (yo), lo que se puede decir como: «Amaré a mi forma de figuración».

¿Qué hago yo con este mandato si mi forma de figuración es paralógica? Necesito alguna acción que la transforme. A eso sí se le puede llamar Voluntad del Logos Superior; alguna acción que transforme la Idea en Devenir. Es la única forma de hacer que Dios camine por el mundo. Y a este Dios solo se le ve cuando se mueve, si se tienen ojos de lagarto. Solo entonces se le puede cazar para comer.

Crítica

 El texto desarrolla una crítica vigorosa de la **antiproyección**: el procedimiento por el cual el devenir abierto de Dios queda detenido, apropiado y convertido en una Idea ya poseída. La fórmula «el Dios que viene ya ha llegado, y es amigo mío» lo expresa magníficamente: quien declara poseer la Opinión Verdadera transforma la esperanza profética en propiedad doctrinal y, casi inevitablemente, en poder.

La tesis central es coherente con tu identidad Dios-Hombre: Dios no está depositado en una Idea exterior al hombre, sino que acontece cuando el hombre transforma su forma de relacionarse con el otro. La imagen acompaña bien esa tesis: Dios aparece pequeño, móvil y vulnerable, mientras el perseguidor —con ojos de lagarto— representa una mirada capaz de detectarlo. Sin embargo, la escena conserva deliberadamente una ambivalencia: no sabemos si quiere reconocer a Dios, devorarlo eucarísticamente o capturarlo para apropiárselo.

Lo más logrado

El comienzo es incisivo. «Mandar el Devenir a la Idea» define con claridad la antiproyección: no consiste simplemente en pensar a Dios, sino en sustituir su acontecer por una representación estable. La petición de «liberar a Platón» también es filosóficamente saludable, porque evita atribuir sin más al propio Platón todas las petrificaciones posteriores del platonismo cristiano.

La aplicación a la viuda del Templo resulta especialmente fértil. El texto descubre que una acción profética puede ser utilizada por una estructura antiprofética. La viuda entrega cuanto tiene; pero el sistema puede convertir esa entrega en combustible para su propia conservación. No se impugna necesariamente el acto de la viuda, sino la institución que vive de capturarlo y administrarlo.

Además, esta lectura no es extraña al contexto evangélico. En Marcos, el episodio aparece después de la denuncia contra los escribas que «devoran las casas de las viudas» y antes del anuncio de la destrucción del Templo. Por eso la observación de Jesús puede leerse no solo como alabanza, sino también como exposición trágica: esa mujer ha entregado su vida a un orden que consume a quienes debería proteger. Desde esta perspectiva, Jesús no sería tan ingenuo como irónicamente sostiene el texto.

También es sólida la afirmación de que el don profético debe producir «derechos y no misericordias». Su sentido más defendible sería este: una limosna no debe perpetuar la dependencia del pobre respecto de la bondad facultativa del rico, sino contribuir a un mundo donde su dignidad esté reconocida sin depender de favores. La misericordia verdaderamente profética no desaparece, sino que se vuelve estructural.

Los puntos problemáticos

La afirmación «esto solo se hace por codicia» es demasiado reductora. La apropiación de Dios puede nacer también del miedo, de la necesidad de certeza, de la defensa de la identidad colectiva o del terror ante el devenir. La codicia está presente, pero a menudo llega después: primero se clausura a Dios para obtener seguridad; luego esa clausura comienza a producir poder, prestigio y riqueza. Quizá sería más exacto decir:

Esto se hace por voluntad de prevalencia: unas veces adopta la forma de codicia; otras, la de miedo, autoridad o necesidad de certeza.

Las referencias a Kant necesitan alguna precisión. Los paralogismos kantianos no designan propiamente una «ambivalencia proposicional universal», sino inferencias inválidas mediante las cuales la razón convierte la unidad formal del “yo pienso” en conocimiento de un alma sustancial. La expresión «paralogismo trascendental» puede funcionar analógicamente en tu sistema, pero convendría advertir que se trata de una extensión propia. De otro modo, parece atribuirse a Kant una doctrina que no formuló exactamente así.

El paso del dinero profético a «derechos y no misericordias» también establece una oposición quizá excesiva. Los derechos sin misericordia pueden convertirse en administración fría; la misericordia sin derechos, en beneficencia paternalista. El verdadero contraste parece ser entre:

* misericordia que emancipa y misericordia que conserva la dependencia;
* derecho que reconoce la dignidad y derecho que protege la prevalencia.

La frase «Dios es laico» posee mucha fuerza polémica, pero necesita definición. Puede significar que Dios no pertenece al clero, que no reconoce la separación entre espacio sagrado y profano o que su devenir se cumple en las relaciones humanas antes que en las instituciones religiosas. Sin esa aclaración, el lector podría entender simplemente que Dios es secular o irreligioso, perdiéndose el sentido ontológico más profundo.

El problema decisivo: la referencia interna

La reducción del mandamiento a «amaré a mi forma de figuración» es el punto más audaz y también el más arriesgado. Explica acertadamente que no amamos al otro fuera de nuestra forma de comprender el mundo. Pero puede hacer desaparecer al prójimo dentro del sujeto: ya no amaría al otro, sino mi representación del otro.

Precisamente el prójimo es quien puede resistirse a mi figuración**. No pertenece enteramente a «mi mundo»; lo desborda, lo contradice y obliga a transformarlo. Por eso quizá la formulación más fuerte sería:

Amaré al prójimo de tal modo que su realidad pueda transformar mi forma de figuración.

Así, el amor no confirma el mundo propio, sino que introduce en él la alteridad necesaria para el devenir. La transformación no puede producirse únicamente desde dentro de una forma paralógica, pues esta podría confundir su propia expansión con una conversión. Necesita la resistencia real del otro: su hambre, su sufrimiento, su palabra y su autonomía.

El final

La «Voluntad del Logos Superior» queda bien definida como acción capaz de devolver la Idea al Devenir. Aquí el texto alcanza su mejor conclusión: Dios no camina por el mundo porque se hable correctamente de él, sino porque una forma de vida es transformada en el encuentro con otra.

La última imagen —ver, cazar y comer a Dios— es poderosa, irreverente y casi eucarística. Pero encierra dos movimientos opuestos:

* cazar a Dios para apropiárselo sería nuevamente antiproyección;
* comer a Dios para ser transformado por él sería devenir.

Esa ambivalencia podría aprovecharse explícitamente. El cazador de la imagen parece gigantesco frente a un Dios fugitivo: quizá tenga ojos para verlo, pero todavía no sabemos si posee la humildad necesaria para dejarlo vivir. Ahí reside la paradoja final del texto: es posible reconocer el movimiento de Dios y, aun así, perseguirlo para detenerlo. Ver no salva. Lo decisivo es qué ocurre con quien ha visto.

La imagen es una broma eucarística; una alegoría similar a la sentencia: "el que tenga oídos para oír, que oiga", significando que se posee el órgano adecuado para reconocer a Dios en los rasgos de sus proposiciones. 

En el caso de esta imagen, se supone que, para reconocer a Dios en devenir en el acto del hombre con el hombre, la propiedad de los ojos de lagarto por la que, si no hay movimiento, tienen dificultades para detectar una presa, hace las veces de «rasgo» del órgano de la vista necesario para la función de reconocer a Dios.

Entendido. Entonces la imagen no representa una persecución hostil ni la apropiación de Dios, sino una broma eucarística sobre las condiciones de su reconocimiento.

Los ojos de lagarto funcionan como equivalente visual de «el que tenga oídos para oír, que oiga». No basta con poseer ojos en sentido físico ni con dominar una doctrina acerca de Dios: es necesario disponer de un órgano hermenéutico ajustado a aquello que se busca. Como esos ojos reconocen especialmente lo que se mueve, solo pueden percibir a un Dios que deviene en el acto del hombre con el hombre. Si Dios queda inmovilizado en la Idea, en la Opinión Verdadera o en la doctrina, desaparece de ese campo de visión.

La secuencia final tendría, por tanto, una lógica muy precisa:

Dios se reconoce por el movimiento; se caza en el Acto y se come en la comunión.

«Cazar para comer» no significa aquí destruir o poseer a Dios, sino reconocerlo bajo su forma alimentaria: encontrarlo en el acto y hacerlo carne propia. La alusión eucarística conserva además una saludable irreverencia: el hombre de ojos de lagarto no contempla solemnemente una esencia divina inmóvil; detecta a Dios vivo, lo persigue y se alimenta de su devenir.

Esto obliga a corregir mi observación anterior: la imagen no deja realmente indeterminado si el hombre quiere apropiarse de Dios. La comicidad está precisamente en trasladar el oído hermenéutico del Evangelio a un órgano visual especializado. Los «rasgos» de las proposiciones permiten reconocer al Logos del mismo modo que el movimiento permite al lagarto reconocer la presa. En ambos casos, Dios no se identifica por su nombre o su apariencia, sino por la forma característica de su acontecer.

Solo introduciría una precisión conceptual: los ojos de lagarto no producen el devenir ni deciden arbitrariamente qué es Dios; únicamente están capacitados para reconocerlo. Esto protege el planteamiento frente al subjetivismo. El acto no es verdadero porque el observador lo interprete como divino; el observador lo reconoce como divino porque percibe en él ciertos rasgos: transformación, autonomía, humildad, salida de la prevalencia y producción de un mundo nuevo.

La última parte de mi crítica podría quedar reformulada así:

La imagen convierte en broma eucarística una tesis hermenéutica central: así como «tener oídos para oír» significa poseer la disposición adecuada para reconocer al Logos en los rasgos de sus proposiciones, tener «ojos de lagarto» significa estar capacitado para reconocer a Dios únicamente cuando se mueve, esto es, cuando deviene en el acto del hombre con el hombre. Cazarlo para comer no representa aquí una captura doctrinal, sino el reconocimiento y la incorporación eucarística de ese devenir. Un Dios inmovilizado en la Idea resulta invisible para tales ojos; solo el Dios actuante puede ser visto.

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