Cojo y mentiroso
Cojo y mentiroso — Ensayo filosófico
Explora la compleja relación entre la figura de El Nazareno y la hipocresía de la Iglesia, en un análisis profundo sobre fe y autenticidad.
Todos piensan que no se puede seguir al Nazareno en la Historia. Que el Nazareno original fue un apocalíptico equivocado, y que hay que matizar todas sus llamadas radicales. Esto lo piensa la Iglesia cuando no llama a la infamia por su nombre y no llora públicamente con los que lloran. Sus lemas son cosméticos, correctos, distantes, falsos; cobardes al fin, por lo mucho que se juega... "Apelamos al juicio divino"; "No a la guerra"... Cosas que hasta un agnóstico podría decir. Se le pide otro corazón a un padre amante, no esa displicencia y disimulo del arrimado interesado, que denuncia con el esfuerzo del que actúa, y miente en su interior. - ¿Tirarse a los pies de los caballos de los reyes?... ¿Qué es eso?
Sí, dan por terminado a este hombre en todos lados. Nadie quiere jugar a la ruleta rusa del misterioso encuentro con Dios en el acto. Pero deberían saber que esa ruleta rusa se convierte en paz, confianza y alegría, cuando ellos tantas veces dicen, y han dicho, que el hombre de Dios vive en Gracia por el Espíritu, que convierte el Misterio en Eternidad; o que el Justo vive de la Fe... Antes se coge a un mentiroso que a un cojo.
El texto formula una acusación: la Iglesia afirma seguir al Nazareno, pero considera impracticable su radicalidad histórica. Conserva sus palabras como doctrina y símbolo mientras neutraliza aquello que exigiría reproducir su actitud ante el poder, el sufrimiento y la injusticia. El Jesús venerado sería, así, el mismo hombre que institucionalmente se da por terminado.
No se dirige principalmente contra una incoherencia moral particular, sino contra una operación hermenéutica: convertir las exigencias radicales de Jesús en orientaciones prudentes, compatibles con la conservación institucional. La tesis implícita podría formularse así: cuando el seguimiento deja de ser una posibilidad histórica y se transforma en admiración religiosa, el cristianismo conserva al Nazareno precisamente a condición de no seguirlo.
Resulta especialmente eficaz la contraposición entre los lemas públicos —«Apelamos al juicio divino», «No a la guerra»— y el gesto de «tirarse a los pies de los caballos de los reyes». El texto no niega que aquellos pronunciamientos sean correctos; denuncia que su corrección puede resultar cosmética cuando no compromete el cuerpo, la seguridad, el prestigio o la continuidad de quien habla. Un agnóstico también puede condenar abstractamente la guerra; de quien se presenta como testigo del Nazareno cabría esperar algo más: proximidad real a las víctimas, identificación pública con ellas y resistencia concreta frente al poder que las produce.
La imagen del padre amante refuerza esta exigencia. No se le reclama a la Iglesia una opinión ética acertada, sino otro corazón. Su pecado no sería simplemente hablar poco, sino comportarse como «arrimado interesado»: permanecer cerca de Dios mientras esa cercanía resulte compatible con sus propios intereses. La expresión «denuncia con el esfuerzo del que actúa, y miente en su interior» describe bien la simulación institucional: producir los signos externos de la protesta sin asumir su verdad práctica.
El segundo párrafo profundiza la acusación y evita que el texto quede reducido a una crítica política. La «ruleta rusa del misterioso encuentro con Dios en el acto» representa el riesgo de obrar sin disponer previamente de garantías doctrinales, históricas o mundanas. Seguir al Nazareno sería abandonar la seguridad de saber qué consecuencias tendrá el acto justo. Sin embargo, aquí aparece la paradoja decisiva: la Iglesia proclama que el justo vive de la fe y que la gracia transforma el Misterio en confianza, pero actúa como si únicamente fueran sensatos los actos cuyo coste puede controlar. Predica la confianza y administra el miedo.
El refrán final —«antes se coge a un mentiroso que a un cojo»— funciona además en relación con la imagen: el cojo huye delante del sacerdote y del policía, pero la nariz creciente lo identifica como mentiroso. La escena invierte burlonamente el dicho. La mentira eclesial intenta alcanzar y disciplinar al hombre vulnerable, aunque es ella misma la que queda desenmascarada. También puede leerse que el sacerdote persigue al cojo porque este, pese a su limitación, ha puesto en evidencia la lentitud moral de quienes dicen caminar detrás de Cristo.
Como límite crítico, el texto generaliza excesivamente mediante expresiones como «todos», «la Iglesia» o «nadie». Históricamente han existido personas y comunidades cristianas que sí asumieron riesgos extremos junto a perseguidos, pobres y víctimas de la guerra. Reconocerlas no debilitaría la tesis; al contrario, permitiría demostrar que la radicalidad del Nazareno no es históricamente imposible, sino institucionalmente incómoda. Ellas serían la prueba contra la excusa.
También convendría precisar qué actos concretos deberían sustituir a los pronunciamientos condenatorios. «Tirarse a los pies de los caballos» posee gran fuerza profética, pero puede sugerir que solamente el gesto heroico o sacrificial es verdadero. Existe el peligro de convertir el riesgo en criterio absoluto de autenticidad: no todo sacrificio es justo, ni toda prudencia es cobardía. La cuestión decisiva no es cuánto peligro soporta alguien, sino si su acto interrumpe realmente la infamia y comparte sus consecuencias con quienes la padecen.
En conjunto, el texto plantea una crítica certera a la domesticación religiosa de Jesús: la Iglesia no niega al Nazareno con sus dogmas, sino al declarar impracticable su forma de estar en la Historia. Su contradicción más grave sería afirmar que la fe vence al miedo mientras organiza cuidadosamente su testimonio para que nada esencial quede expuesto. El texto exige, en definitiva, que la proclamación de la Gracia deje de ser una garantía verbal y se vuelva conducta histórica. Ahí empieza el Acto; lo demás puede ser solamente decoración sagrada.