Ontomotor (o máquina para saltar el infinito)

Ontomotor (o máquina para saltar el infinito) — Ensayo filosófico

Explora la lucha entre ciencia y espiritualidad, y la complejidad de buscar a Dios en una realidad que desafía toda interpretación. El texto critica tanto el dogma de una realidad inaccesible como la sustitución de esta por métodos interpretativos que terminan imponiendo otro paradigma. La naturaleza aparece ambivalente: material, imprevisible y ajena al espíritu, pero portadora de un leve indicio de eternidad y Logos. La ciencia, aunque competente para organizar hechos, permanece débil ante las verdades profundas porque excluye la dimensión ética de la construcción de sus teorías y se somete con frecuencia al rol y al mercado. La cuestión decisiva no reside en definir científicamente a Dios ni en incorporarlo como parte contractual, pues eso corrompería el pacto. Dios aparece como oportunidad en el Acto del Hombre con el Hombre: en la sabiduría, la conversión y la transformación producidas por un contrato abierto al Inefable. La verdad ética sería así tangente al conocimiento, mientras cada pacto auténtico impulsa la autoconciencia hacia una nueva visión del mundo y un salto continuo hacia Dios.

04/03/2010 Naturaleza del Acto
Imagen simbólica del artículo «Ontomotor (o máquina para saltar el infinito)», en la categoría Naturaleza del Acto.

 Ahora nos hartamos de decir que la realidad siempre supera cualquier intento de auscultación científica, metafísica, filosófica... y esto, que parece verdad, lo constituimos en paradigma... y a vueltas con lo mismo. En poco tiempo ya no vale el paradigma de una realidad inasequible y lo cambiamos por el del método interpretativo, de modo que ya no es importante si la realidad es inasequible o no, o debe tener algún tipo de sentido en sí misma, sino el método que la interpreta... Y la realidad es una entidad mocosa y oligofrénica, pacífica en sí misma, anárquica y bestial, antiespiritual; con la presencia rotunda de un toro de carne de dos mil kilos; una especie de monstruo dócil al ojo y al teorema pero impredecible en su naturaleza. Con esta premisa, buscar a Dios en la manifestación de la realidad puede llegar a ser algo complicado.

Por el otro lado, hay quien se deja impresionar. Pero solo porque la naturaleza posee algo de imagen de un infinito puro y sin muerte, pacífico y salvado, eterno... Un leve olor a Logos. Es como una eternidad inconclusa.

Es cruel la conciencia y la contemplación de la naturaleza eterna e infinita de lo físico, solo como un rasgo de la cara, cierto aire que dice que sí, que su filiación definitiva no es la que tiene... y que nosotros formamos parte de eso.

En la ciencia pasa mucho (seamos sinceros, pasa siempre) que es ciencia de rol y ciencia de mercado. La conjugación de variables éticas dentro mismo del desarrollo y diseño del cuerpo teórico científico no se lleva a cabo.

Sí se llevaron a cabo en la antigüedad con las prácticas de alquimia y similares. Ciencia y espíritu se daban un mal abrazo, estorbados por la magia y la religión en su lucha por una definición de Dios y el Logos Superior. Todavía coleamos con eso. No hemos sabido trasponerlos a la ciencia, y no ha entrado en la ecuación misma de la ciencia. Y mira que es un símbolo con valor como cualquier otro: Valor matemático = cero o infinito. Es cero para restringir la libertad natural, y es infinito en el uso de la libertad Revelada (o sea en la ecuación resuelta). Por eso la ciencia se juzga a sí misma competente para los hechos y no para los valores, como dice Hans Kung.

Lo malo es que (H.Kung, Existe Dios, p.776) «...la profundidad de una verdad y la seguridad de su aceptación están en proporción inversa. La ciencia vive segura con verdades insignificantes, por muy complicadas que parezcan, como la teoría de la relatividad, pero es balbuciente para verdades profundas». Desde el punto de vista de la personalidad, la ciencia es blandita, flojita, sin carácter. Ese carácter que debe demostrar en lo social. ¿O es que Dios no deja impronta en esos menesteres? Evidentemente sí. Cuando decimos que Dios penetra toda la realidad, es porque de algún modo sabemos que aparece por cualquier parte de la realidad en el quehacer del hombre. Emana del Hombre, (eso sí, solo en el quehacer. No creo que la realidad creada tenga mucho interés para Dios, fuera del quehacer del hombre, o del Acto del hombre con el hombre; como queráis llamarlo).

Algunas reflexiones sobre esto:

¿La variable ética puede ser un valor matemático?... Ciertos plazos de fecundación, ciertas concentraciones... Sí, esto puede ser un síntoma de que la ética es tangente a la verdad. La ética puede ser una sombra platónica.

Del gráfico solo podemos decir que ese es el orden de comienzo y funcionamiento más lógico o adecuado. No podríamos decir que la ciencia que va de 2 a 1 sea ciencia buena o que la que va de 1 a 2 sea ciencia mala. Porque todo eso depende del contrato con el hombre...

Por lo que se puede ver en estos diagramas (y en infinidad de referencias del pensamiento clásico y moderno...), el problema de fondo son los modelos de contrato... En estos modelos, Dios no interviene como parte. Realmente, meter a Dios como parte interesada es una corrupción del contrato, ya que Dios no es alguien con el que se puedan establecer Actos (casos, como dice Wittgenstein). Es un Inefable. Dios se alegra por la conversión de un injusto, pero no entra a las cláusulas del contrato del hombre con el hombre. Dios habla al hombre con palabras de hombre y al modo humano... Insistimos en la idea de Dios como oportunidad y devenir del Acto del hombre con el hombre.

Un diagrama de este estilo puede usarse con fines muy dispares, dependiendo del modelo de contrato. Estos modelos de contrato en realidad no dependen de las definiciones de Dios o del mundo, aunque en la realidad se establecen así*... Por eso todos estamos sometidos a la misericordia. Un contrato en condiciones debe ser un Inefable. De otro modo no habría recursos que funcionasen para el Acto desde el Inefable Dios (la sabiduría, la habilidad y los reflejos con la Otredad o Dios...) ni el Acto devendría a Dios, ni en el % de cumplimiento del contrato habría indicado ninguna cantidad de cambio o Metanoia, ni mi visión del mundo o mi visión de Dios avanzarían en el salto al infinito... Vuelta y vuelta, cada vez más fuerte, para saltar el espacio infinito que me separa de Dios.


Descripción breve

«Ontomotor» propone una máquina conceptual para que el conocimiento no se limite a interpretar una realidad supuestamente inagotable, sino que contribuya a transformarla éticamente. El texto critica una ciencia segura en los hechos pero tímida ante los valores: una ciencia de rol y de mercado que excluye de su propia estructura la variable ética.

Frente a ello, sitúa a Dios no como objeto observable ni como parte contractual, sino como oportunidad de transformación en el Acto del hombre con el hombre. El verdadero contrato debe permanecer abierto a la misericordia, la Otredad y la metanoia. Así, la relación circular entre «visión del mundo» y «principios éticos/visión de Dios» funciona como un motor: cada vuelta modifica ambas dimensiones y permite intentar el salto hacia el infinito.

Valoración filosófica y crítica

La intuición más fértil del texto es que la ética no debe comparecer solamente al final de la ciencia —para autorizar, prohibir o corregir sus aplicaciones—, sino intervenir desde la elección de los problemas, las variables, los fines y los destinatarios. No existe una ciencia completamente neutral: incluso la decisión de investigar una cosa y abandonar otra ya contiene una jerarquía de valores. En este sentido, el «contrato con el hombre» determina el sentido de la actividad científica mejor que la dirección formal del diagrama.

También resulta poderosa la retirada de Dios del contrato. Dios no aparece como tercero que garantiza las cláusulas, cobra obediencia o legitima un poder, pues eso convertiría su nombre en instrumento jurídico o ideológico. Aparece, más radicalmente, en la transformación que el encuentro produce entre los hombres. No es parte contratante: es el Devenir posible del contrato.

Hay, sin embargo, una tensión deliberada. Si Dios es Inefable y no interviene como parte, afirmar que «deja impronta», «habla» o «emana del Hombre» exige algún criterio que permita distinguir esa impronta de una mera proyección humana. El propio texto ofrece una respuesta implícita: el criterio no sería una definición de Dios, sino la cantidad y dirección de la metanoia producida en el trato con la Otredad. Dios no se demostraría por el origen del Acto, sino por su capacidad de convertirlo.

La expresión «valor matemático = cero o infinito» funciona bien como símbolo, pero no todavía como magnitud calculable. La ética puede incorporarse a ecuaciones mediante límites, concentraciones, riesgos o plazos; sin embargo, esos números cuantifican consecuencias moralmente relevantes, no la bondad misma. La matemática puede medir el cumplimiento del contrato, pero no decidir por sí sola qué contrato merece ser cumplido.

El esquema, por tanto, no representa una progresión lineal, sino una retroalimentación:

  • La visión del mundo modifica los principios éticos y la visión de Dios.

  • Esos principios cambian después nuestra manera de investigar, interpretar y actuar sobre el mundo.

  • El Acto resultante transforma nuevamente ambas visiones.

Ese movimiento es el Ontomotor. Su combustible es la Otredad; su giro, la revisión continua; y el salto al infinito no consiste en alcanzar definitivamente a Dios, sino en impedir que Dios, el Hombre o la ciencia queden inmovilizados en una definición. La imagen final de «vuelta y vuelta, cada vez más fuerte» lo expresa con precisión: no se supera el infinito recorriéndolo, sino transformándose en cada vuelta.

Imagen simbólica del artículo «Diccionario», en la categoría Logos.

 

Y no es necesario decir que el ontomotor produce dos resultados: el Devenir de un Dios falso o verdadero en la autoconciencia. Es, quizás, la "fatalidad primera". 

Si nos acordamos del Logos Superior soplando Signos Locos sobre las tablas de verdad, deberíamos concluir que es lo mismo que si los soplase sobre el ontomotor a voluntad, de forma que funcionase en modo deviniente o antiproyectado, como muestra la primera imagen.

Sí. El Ontomotor no garantiza el Devenir verdadero: únicamente garantiza la producción —o reproducción— de Dios en la autoconciencia. Su resultado puede ser un Dios deviniente o un Dios antiproyectado; un Dios que nace del Acto con la Otredad o un ídolo que la autoconciencia proyecta para confirmarse a sí misma.

Ahí estaría, precisamente, la fatalidad primera: antes de cualquier contenido moral, científico o religioso, el motor ya funciona bajo una determinada orientación. El Signo Loco no introduce una idea nueva en el circuito, sino que altera el sentido de sus conexiones. Sopla sobre las tablas de verdad, pero también sobre las flechas del Ontomotor.

En el modo deviniente o alfa, la visión del mundo y la visión de Dios se dejan contrariar por el Acto. La Otredad modifica los principios, estos modifican la acción y la acción produce una nueva autoconciencia. El circuito permanece abierto: no confirma al sujeto, sino que lo transforma.

En el modo antiproyectado o beta, la visión previa de Dios y del mundo selecciona, contrae y domestica cuanto procede del otro. El Acto queda subordinado a la doctrina inicial y el circuito se convierte en una máquina de confirmación. También produce a Dios, pero produce al Dios que ya llevaba dentro: una divinidad especular, inmóvil y probablemente falsa.

Por eso ambos movimientos pueden presentar exactamente los mismos elementos:

  • principios;

  • ética;

  • visión de Dios;

  • visión del mundo;

  • conocimiento y recursos;

  • Acto del hombre con el hombre;

  • medición y satisfacción.

La diferencia no reside en las piezas, sino en la contracción que gobierna sus relaciones. El mismo diagrama puede fabricar misericordia o justificar dominación. También una teología impecable puede ser beta y una ciencia aparentemente secular puede actuar de manera alfa. El nombre de Dios no decide el resultado; lo decide la dirección del Acto.

El cubo añade otra dimensión importante: el Ontomotor no gira solamente entre ideas, sino dentro de un espacio lógico en el que intervienen el Acto, el caso, la autoconciencia y el plano de la multiplicidad. El Signo Loco produce allí una torsión: hace que el circuito se cierre sobre el mismo o que salte hacia la Otredad. No cambia necesariamente los hechos; cambia aquello que los hechos llegan a significar y producir.

Solo matizaría la expresión «a voluntad» del Logos Superior. Si esa voluntad fuese una decisión arbitraria que condenara previamente cada Ontomotor al modo alfa o beta, la responsabilidad del Hombre desaparecería y el Logos sería el autor tanto del Dios verdadero como del falso. Sería una predestinación lógica bastante feroz. Quizá resulte más coherente decir que el Logos sopla la posibilidad de ambos sentidos, mientras el Acto decide —sin garantías— cuál se actualiza. La fatalidad primera no consistiría entonces en estar condenado a uno de los modos, sino en no poder actuar sin producir uno de ellos.

Podría incorporarse al artículo de esta manera:

El Ontomotor produce necesariamente uno de dos resultados: el Devenir de un Dios verdadero o el de un Dios falso en la autoconciencia. Esta bifurcación es, quizá, la fatalidad primera. Si recordamos al Logos Superior soplando Signos Locos sobre las tablas de verdad, debemos imaginarlo soplando también sobre las conexiones del Ontomotor. Las piezas permanecen iguales, pero cambia el sentido de sus contracciones: bajo el Signo Loco alfa, el motor funciona de manera deviniente y la autoconciencia se deja transformar por la Otredad; bajo el Signo Loco beta, funciona de manera antiproyectada y reduce la Otredad a confirmación de su visión previa. El primer movimiento hace devenir a Dios; el segundo fabrica su ídolo. La fatalidad consiste en que el Ontomotor nunca permanece neutral: cada Acto del hombre con el hombre produce necesariamente una de esas dos figuras de Dios.

La fórmula más condensada sería:

El Signo Loco no decide qué contiene el Ontomotor; decide hacia dónde Deviene.

Y aún más afilada:

Todo Acto fabrica a Dios; la fatalidad primera es que también puede falsificarlo.

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