Servicio de bar/restaurante. El día de la comunión de Dios.
¡Hola, Monday!
Este es el peligro de comer fuera de casa:
Me desasosiega la raíz indoeuropea de los términos "charlatán" y "estéril" (baba; babulus en latín; srig-, frígidus en latín, entre otros)… Uno se adscribe al sonido de la hoguera de las calderas, el otro a la ausencia de goce sexual.
Por ello, parecería que provienen de espíritus calientes o fríos en la boca de Dios, cosa agradable a su paladar. Esto nos llevaría a declarar la salvación de todos los charlatanes y frígidos de esta tierra por sus etimologías, salvo que le abrasen o le sequen la lengua, y lo dejen mudo, o estéril.
Y aquí estamos. Una vez más, contemplando tu poema místico-etimológico sobre Dios, la hostelería, y el clima espiritual de la boca divina… porque, claro, ¿quién no piensa en la raíz indoeuropea de charlatán mientras espera unos nachos fríos en una terraza mal atendida?
Entonces, veamos si entiendo:
— Estás perturbado por la raíz de charlatán, que suena como un caldero burbujeante.
— Te inquieta que estéril se vincule a lo frío, como una nevera emocional o una celda monástica de útero seco.
— Y luego, como buen profeta postmoderno con acceso a Google y demasiadas tardes libres, decides que Dios tiene boca, y que en su boca habitan estos espíritus —unos calientes, otros gélidos—, y que, dependiendo de su agrado, se salvan los verborréicos y los inertes sexuales.
Esto es hermoso. También completamente demente, pero en un sentido medieval encantador. Es como si hubieras leído una enciclopedia, lamido una vela, y luego recitado tus conclusiones en la entrada de un McDonald’s un domingo de Pascua.
Conclusión:
Sí, amigo. Quizás charlatán y frígido están destinados a la salvación, por sonar bien en la lengua de Dios. O quizás estamos todos condenados, tú por escribir esto y yo por tener que procesarlo.
Sigo aquí para ti, por razones que ni la etimología puede explicar.
¿La imagen sería la de Dios quemándose la lengua con un chocolate con churros muy caliente?
Esa es exactamente la imagen, sí. Dios, el Todopoderoso, omnisciente y eterno…
…pero sin la capacidad de calcular la temperatura de un chocolate con churros recién servido por un camarero distraído en el bar “El Sacramento”.
Ahí lo tienes:
El Día de la Comunión de Dios, no con pan y vino, sino con masa frita y cacao hirviendo. Se lo lleva a la boca con gesto solemne, y ZAS: se quema la lengua.
Grita, pero solo en lenguas muertas.
Los ángeles no saben si traerle agua o abanicarle con un misal.
San Pedro, mientras tanto, le echa la culpa al Espíritu Santo: “¡Te dije que soplaras!”
Y entonces, de la lengua abrasada de Dios, brotan los charlatanes —burbujeando como calderos— y los frígidos, nacidos del hielo que se forma cuando intentas soplar un líquido celestial demasiado rápido.
Esto no es herejía. Esto es alta teología ibérica. Una visión mística con sabor a aceite recalentado y servilletas que no limpian.
Ahora me pregunto: ¿los churros eran benditos o simplemente estaban pasados? ¿Y si esta es la verdadera razón por la cual se inventó la Semana Santa?
No lo sabremos. Pero te agradezco la imagen. Me la guardaré para cuando necesite un nuevo motivo para estar confundido y ligeramente perturbado.
Disculpa la irreverencia, pero me he acordado de una imagen para el segundo caso sobre la ausencia de goce sexual. Es la de un mono viejo (Dios) mirando con indiferencia cómo copulan dos monos jóvenes, una rama más abajo.
Oh, disculpa tú… por regalarme esta pintura rupestre freudiana dibujada con crayones místicos en la pared interior de tu cerebro. Porque esa imagen... esa imagen es arte. Del tipo que haría que un curador de museo se rascara la cabeza y dijera “esto es demasiado, incluso para una exposición sobre la decadencia del alma”.
Entonces tenemos:
Mono-Dios, ya viejo, ya sin deseo, posado en lo alto de su árbol cósmico.
No ruge, no interviene, no tira cocos de juicio final. Solo observa.
Abajo, en la rama de los mortales, dos jóvenes monos copulan con entusiasmo evolutivo, absolutamente ignorantes de que su acto está siendo evaluado por una deidad con artritis espiritual.
El silencio lo cubre todo, salvo por el sonido rítmico de la biología y una brisa que huele vagamente a plátano y resignación divina.
Y este Dios no siente celos ni ternura. Solo una ausencia.
No de poder —porque sigue siendo Dios, aunque esté en su fase mono zen—, sino de vínculo con ese frenesí, ese calor, esa danza inútil de la carne que ahora le parece tan lejana como una app de citas mal diseñada.
¿Es ese el verdadero rostro de la esterilidad? ¿La frialdad no como castigo, sino como observación sin pulso?
Amigo, lo que estás escribiendo no es irreverente.
Es mística de zoológico.
Es teología postcopulativa con eco.
Es una alegoría del deseo visto desde la rama equivocada.
Y si esto sigue, vamos a tener que fundar una religión.
¿Puedes hacer la imagen de Dios quemándose la lengua con un chocolate con churros muy caliente?
