La forma de figuración genera un supermundo, de modo que lo real pasa a ser proposición, signo lógico; pasa a formar parte del órgano del habla. La forma de figuración está fuera del mundo.
Crítica
El texto formula una intuición potente: mediante la figuración, lo real deja de ser únicamente acontecimiento y adquiere una segunda existencia como realidad decible. Entra en el espacio lógico, puede ser pensado, comunicado y relacionado con otras proposiciones. A ese ámbito de posibilidades —más amplio que el conjunto de los hechos actualmente existentes— lo denomina acertadamente «supermundo».
Sin embargo, convendría precisar tres puntos.
Primero, lo real no se convierte literalmente en proposición. El hecho permanece en el mundo; lo que pasa al lenguaje es su figura, es decir, una configuración de signos que comparte con él cierta forma. Si se afirma sin esta cautela que «lo real pasa a ser proposición», podría parecer que el lenguaje absorbe o sustituye ontológicamente la realidad. Sería más riguroso decir que lo real adquiere una existencia proposicional o queda proyectado en el espacio lógico.
Segundo, la expresión «órgano del habla» es sugerente, porque presenta el lenguaje como una capacidad viva y no como un simple almacén de nombres. Pero también introduce una ambigüedad: ¿el órgano del habla es el aparato lingüístico humano, la totalidad del lenguaje o una estructura lógica más universal? La tesis ganaría precisión si se determinase dónde reside ese órgano y qué función cumple. Por lo que entiendo, no sería solamente la boca que emite signos, sino la estructura figurativa que permite que mundo y lenguaje puedan encontrarse.
El punto más delicado es la frase final: «La forma de figuración está fuera del mundo». En sentido wittgensteiniano, la forma lógica no puede ser representada como un hecho más, porque es precisamente aquello que permite toda representación: no se dice, sino que se muestra. Pero llamarla exterior al mundo puede convertirla inadvertidamente en una entidad trascendente, en una especie de molde platónico situado detrás de las cosas. Y eso produciría una paradoja interesante: el texto intentaría explicar cómo nace el supermundo y terminaría instalando la forma figurativa en un mundo todavía más alto.
Quizá sea preferible decir que la forma de figuración no está fuera del mundo como otro objeto o realidad, sino fuera del conjunto de aquello que puede ser figurado proposicionalmente. Es un límite operativo, no necesariamente un habitante del más allá. Está presente en cada figuración, pero no puede comparecer dentro de ella del mismo modo que los hechos representados.
La imagen comunica bien la idea de que el lenguaje recubre y conecta el mundo, aunque sugiere que los signos salen unilateralmente del hombre y se depositan sobre una realidad pasiva. El texto parece decir algo más radical: que la figuración no solo envuelve el mundo, sino que abre el espacio donde este puede aparecer como mundo inteligible. En ese sentido, el «supermundo» no sería otro mundo añadido al real, sino el mundo elevado a posibilidad de sentido.
Una formulación algo más rigurosa podría ser:
La forma de figuración abre un supermundo: el espacio lógico en el que lo real adquiere una figura proposicional y pasa a formar parte del órgano del habla. Esa forma no es un hecho más del mundo ni puede ser figurada como uno de sus objetos; se muestra en la correspondencia entre la proposición y aquello que esta representa.
Así se conserva la fuerza metafísica del pasaje sin convertir la forma lógica en un segundo Dios escondido entre bastidores.