La capacitación es un recurso para el Acto

Explora cómo la capacitación se convierte en un recurso crucial en la manifestación del acto divino, cuestionando las ambivalencias de la divinidad.

Ontomotor 04/03/2010 Naturaleza y antiproyección
La capacitación es un recurso para el Acto

 Si se usa de acuerdo a mínimos, Dios aparece. Si se usa para otros fines: por ejemplo, para teorizar o adoctrinar sobre la proposición Dios, desaparece. Hablar de mínimos es hablar de caos en la expansión normal del DROM. El ciclo DROM debe expandirse por entero para devenir a Dios o a dios (ambivalencia proposicional universal). Si se expande solo MAM, se adquiere un dios pagano sobre la eficacia y la eficiencia: V. gr, el dios pagano de la economía de mercado). Si se expande solo DIR, se adquiere un dios pagano teleológico (y categorial). Si se expande solo REC, se adquiere un dios pagano capacitador e intelectivo (V. gr: competitividad). Si se expande solo el Acto, se adquiere un dios pagano místico.

El texto propone una idea potente: Dios no aparece como objeto de conocimiento, sino como resultado contingente de un proceso humano íntegro. Cuando una parte de ese proceso se independiza y se absolutiza, ya no produce a Dios, sino un ídolo especializado. La imagen representa precisamente esa circulación: visión, capacitación, acto y medición deben permanecer enlazados hasta proyectar un hombre nuevo; ninguno contiene por sí solo la verdad del conjunto.

La tesis central podría formularse así: todo fragmento del DROM convertido en absoluto fabrica su propia divinidad pagana.

Esta taxonomía es filosóficamente fértil porque la idolatría deja de consistir únicamente en adorar una imagen falsa: pasa a ser la absolutización de una función parcial. El ídolo no es necesariamente una falsedad completa; es una verdad regional que se presenta como totalidad. El mercado puede medir, la dirección puede orientar, la capacitación puede hacer posible el acto y la mística puede abrirlo al Misterio. Se vuelven paganos cuando pretenden bastarse a sí mismos.

La imagen refuerza bien esta concepción. Dios no ocupa ninguno de los cuadros ni figura como contenido inicial del ciclo. La secuencia comienza y termina en el hombre, mientras que la zona verde —la “proyección”— aparece como estela del proceso. Esto permite una lectura especialmente interesante: Dios no está representado porque no es una pieza del mecanismo; aparece en la transformación producida entre un hombre y otro. El cuadro “Acto del hombre con el hombre” constituye, por ello, el centro ético del esquema. La “entrega” no transmite simplemente un producto: deja una estela capaz de producir otro hombre.

Hay, sin embargo, varios puntos que convendría precisar.

El primero es la expresión «usarlo de acuerdo con mínimos». ¿Qué se usa exactamente: el DROM, el lenguaje sobre Dios, cada función del ciclo o todo dispositivo organizativo? Y ¿qué son esos mínimos: suficiencia material, pobreza eficiente, renuncia a la prevalencia, humildad epistemológica? La indeterminación tiene valor evocador, pero debilita la tesis crítica. Si los mínimos son decisivos para distinguir a Dios del ídolo, necesitan al menos un criterio reconocible.

El segundo problema aparece en la relación entre mínimos, caos y expansión completa. A primera vista existe una tensión: actuar según mínimos parece limitar, mientras que expandir enteramente el DROM parece maximizar. Pero la contradicción puede resolverse si “mínimos” no designa una reducción del devenir, sino una reducción de la apropiación: mínima voluntad de dominio para permitir la máxima expansión del proceso. El caos sería entonces apertura de resultados, no mera desorganización. Conviene decirlo, porque de lo contrario “caos” puede parecer una palabra prestigiosa empleada para evitar cualquier criterio de evaluación.

El tercer punto afecta a la afirmación de que teorizar sobre la proposición Dios hace que Dios desaparezca. Es demasiado absoluta: el propio texto está teorizando sobre ella. La dificultad no está en pensar o formular a Dios, sino en convertir la formulación en sustituto, límite o propiedad de Dios. Sería más consistente afirmar: cuando la proposición pretende contener aquello que solo puede verificarse deviniendo en el acto, Dios desaparece detrás de su concepto.

También merece revisión la equivalencia entre cada expansión parcial y un “dios pagano”. La intuición es acertada, pero debe evitar que todo uso especializado de una función quede condenado. Medir no equivale a idolatrar la eficiencia; formar no equivale a rendir culto a la competitividad; dirigir no implica necesariamente imponer una teleología cerrada; y la experiencia mística no tiene por qué ser evasiva. La paganización ocurre cuando una función se emancipa del circuito, olvida sus límites y se proclama criterio soberano.

Finalmente, la expresión «devenir a Dios o a dios» es sugerente, pero gramatical y conceptualmente difícil. Parece querer expresar que la expansión completa tampoco garantiza el resultado: puede producir al Dios verdadero o un dios falso, conservándose la “ambivalencia proposicional universal”. Esto introduce una humildad importante: el DROM no sería una máquina infalible de fabricar a Dios. Sin embargo, entonces hace falta explicar qué permite discernir retrospectivamente ambos resultados. Por el conjunto de tu pensamiento, ese criterio parece ser la transformación ética del hombre con el hombre: si el ciclo produce prevalencia, exclusión o dominio, ha devenido un dios; si produce entrega, igualdad y hombre nuevo, ha devenido Dios.

En conjunto, texto e imagen ofrecen una crítica original de la fragmentación organizativa, religiosa y económica. Su mejor hallazgo consiste en afirmar que Dios desaparece tanto de la doctrina autosuficiente como de la eficiencia, la competencia, la finalidad o la mística cuando cualquiera de ellas se absolutiza. Su principal debilidad es que todavía presupone los criterios —mínimos, expansión íntegra, Dios/dios— mediante los cuales juzga cada resultado. No necesita convertirlos en doctrina cerrada, naturalmente; pero sí mostrar sus huellas. De otro modo, el DROM corre el riesgo de convertirse, con cierta ironía, en otra categoría totalizadora: justo otro pequeño dios con diagrama de flujo.

 El mínimo es el uso que provoca devenir autónomo. Todas mis proposiciones planean sobre la identidad Dios-Hombre.

Entendido. Entonces mi objeción anterior interpretaba equivocadamente los mínimos como si fueran mínimos materiales, morales o metodológicos. En tu texto, el mínimo es otra cosa: la intervención estrictamente necesaria para que el otro devenga autónomamente.

No se trata, por tanto, de hacer poco, poseer poco o formular poco, sino de no sustituir el devenir del hombre por una dirección exterior. El mínimo es el punto exacto en que la acción capacita, entrega o provoca, pero no determina el resultado. Hace posible la expansión sin apropiarse de ella.

Desde la identidad Dios-Hombre, la tesis adquiere mayor precisión:

Dios aparece cuando el hombre actúa sobre el hombre de tal modo que este puede devenir autónomamente; desaparece cuando ese mismo acto pretende definirlo, dirigirlo o convertirlo en receptor de una verdad ya terminada.

Así, teorizar o adoctrinar sobre la proposición Dios no resulta problemático simplemente porque emplee conceptos. Lo problemático es que interrumpe el devenir autónomo: sustituye la posible aparición de Dios en el hombre por una representación administrada de Dios. Se entrega la proposición cerrada en lugar de provocar el Acto. El hombre queda convertido en discípulo, cliente, recurso o creyente; deja de ser el lugar donde Dios puede devenir.

Esto explica también el “caos”. No es desorden absoluto, sino la indeterminación que necesariamente introduce la autonomía del otro. Quien actúa según mínimos renuncia a conocer y controlar anticipadamente el resultado. En cuanto la dirección, la medición, la capacitación o incluso la mística intentan garantizarlo, aparece el ídolo correspondiente. El ídolo es Dios convertido en resultado previsto.

La identidad Dios-Hombre evita además interpretar el esquema como una relación causal convencional: el DROM no “produce” a Dios como una fábrica produce un objeto. Produce —o deja libre— al hombre autónomo; y, puesto que Dios y Hombre comparecen en identidad, el devenir autónomo del hombre es la aparición misma de Dios. No habría primero un hombre transformado y después una manifestación divina añadida: serían un solo acontecimiento visto bajo dos nombres.

Mantendría únicamente una reserva crítica, ahora más precisa: convendría aclarar qué significa autónomo, porque también el mercado, la competitividad y ciertas pedagogías hablan continuamente de autonomía. En tu pensamiento no parece significar autosuficiencia individual ni libertad para prevalecer, sino capacidad de producir mundo sin quedar sometido a una finalidad, una categoría o una voluntad ajena. Es una autonomía deviniente y relacional: el hombre llega a ser autor del Acto precisamente con el hombre, no al margen de él.

Por tanto, reformularía aquella parte de la crítica así:

La expresión «de acuerdo con mínimos» no designa austeridad material ni reducción de la actividad, sino el límite ético de toda intervención: actuar solo hasta hacer posible el devenir autónomo del otro. Desde la identidad Dios-Hombre, Dios aparece en esa autonomía provocada pero no dirigida. La cuestión crítica no consiste ya en determinar cuánto es “mínimo”, sino en discernir cuándo la intervención deja de posibilitar el devenir y comienza a gobernarlo. Ahí se encuentra la frontera, siempre inestable, entre mediación e idolatría.

Dicho de manera todavía más condensada: el mínimo no es una cantidad pequeña de acción; es la máxima acción compatible con la libertad creadora del otro. Esa precisión fortalece considerablemente el texto.