Emocionado

El texto denuncia la autoabsolución religiosa del depredador que, al final de su vida, contempla una eternidad que cree merecida sin responder por sus actos. La imagen del sacerdote ensangrentado expresa la contradicción entre la emoción celestial y la violencia histórica: una adoración del Becerro disfrazada de fe, que pretende alcanzar a Dios sin pasar por la víctima ni por el Acto reparador.

Ontomotor 04/03/2010 Naturaleza y antiproyección
Emocionado

No sé ni cómo ni ante quién van a justificar sus acciones los que, cansados al final de su carrera de depredación, disfrutan emocionados del agradable panorama de un cielo limpio, claro e infinito, desde el umbral de una eternidad merecida... y lloran desbordados por el delirio y la alucinación de los adoradores del Becerro.

El texto presenta una escena de autoabsolución escatológica: el depredador termina su carrera, no porque se haya convertido, sino porque está cansado; contempla entonces el cielo y confunde el agotamiento de su violencia con la inocencia recuperada. No abandona verdaderamente la depredación: simplemente llega al final de ella y espera cobrar la eternidad como quien cobra una jubilación.

La expresión «eternidad merecida» es el núcleo irónico. ¿Merecida ante quién? En el marco de nuestras conversaciones, no basta con comparecer ante un Dios previamente definido como garante de la salvación. La justificación solo podría producirse ante el hombre dañado y en el Acto reparador. Si «no se llega al cielo cogido de la mano de Dios, sino de la mano del Hombre», el depredador no puede saltarse a sus víctimas y presentarse directamente ante lo eterno. Ha querido contratar su salvación con Dios evitando el contrato decisivo con el hombre.

El cielo «limpio, claro e infinito» funciona como una estética de la inocencia. Arriba todo está limpio; abajo quedan la sangre, el hacha y la historia. La imagen hace visible esa escisión: el personaje levanta hacia la luz un rostro conmovido, pero conserva las manos ensangrentadas. Mira el cielo para no mirar lo que ha hecho. Su emoción religiosa no desmiente la violencia; puede ser precisamente su último encubrimiento.

Aquí aparece con claridad la antiproyección: el depredador proyecta hacia Dios una imagen idealizada de sí mismo —creyente, justo, elegido— y recibe de ese dios fabricado la confirmación de su inocencia. Dios no deviene después del Acto justo, sino que es colocado antes de los actos como aval de todos ellos. Es el dios útil del aterrorizado conservador: garante de la propiedad, del orden, de la jerarquía y, finalmente, de una salvación privada que deja intacta la infamia cometida.

El Becerro no representa únicamente la riqueza material. Es la sacralización de aquello que la depredación ha producido: poder, propiedad, superioridad moral y derecho a conservar lo adquirido. Sus adoradores pueden incluso llorar ante Dios, porque han convertido la idolatría en liturgia. No creen estar adorando el oro; creen que el oro demuestra que han sido bendecidos. Esa es la alucinación.

El pasaje contiene, por tanto, una paradoja feroz: quienes han vivido adorando el Becerro lloran emocionados ante un cielo que creen contrario al Becerro. Su delirio consiste en adorar simultáneamente la riqueza y al Dios de los pobres, sin advertir —o sin querer advertir— que ambos vectores se excluyen.

La figura sacerdotal intensifica la acusación. No estamos solamente ante un criminal individual, sino ante una conciencia revestida de autoridad sagrada. El pectoral religioso, la sangre y el hacha indican que la violencia ha podido ejercerse, bendecirse y después olvidarse dentro de una misma cosmología. El sacerdote contempla la luz como si esta borrara retrospectivamente sus actos; pero la imagen niega ese borrado: la sangre sigue ahí.

En síntesis, el texto denuncia la pretensión de alcanzar una eternidad limpia sin atravesar la suciedad histórica de los propios actos. Frente a ella, tu pensamiento sostiene que no existe salvación delegada ni absolución estética: Dios solo puede devenir verdadero en el Acto del hombre hacia el hombre. Un cielo que admite al depredador sin restitución, sin pobreza eficiente y sin reconocimiento de la víctima no sería el cielo de Dios, sino la última y más brillante sala del templo del Becerro.