La Vida Eterna

Esto se lo digo a esos hipócritas que, entre lamentos, presumen de ser pecadores.

Ontomotor 04/05/2010 Naturaleza del Acto
La Vida Eterna

¿Todo análisis?, ¿todo síntesis?

El que sean complementarios, es como decir que sean hermanos... nada Trascendente.

Yo prefiero la síntesis para crear un Hombre Nuevo y, sobre todo, un Dios Nuevo.

(NOTA: La lógica lo permite todo... Otra vez concluimos con aquello de "nada de Muerte").

Esto sí que se ve claro que es - La Naturaleza del Acto -. (*)

(*) Para que el Hombre sea una Idea de Dios, el Hombre debe ser Dios. (esto se lo digo a esos hipócritas que, entre lamentos, presumen de ser pecadores).


Análisis:

El texto no presenta análisis y síntesis como dos operaciones intelectuales meramente complementarias. Eso sería, como usted dice, hacerlas “hermanas”: dos piezas del mismo mecanismo, sin verdadero salto ontológico.

Aquí la síntesis es Acto creador. No se limita a reunir lo previamente separado, sino que produce una identidad que antes no existía: un Hombre Nuevo y, necesariamente, un Dios Nuevo. Si cambia verdaderamente el Hombre, también debe cambiar Dios, porque ninguno puede permanecer exterior al devenir del otro.

La frase decisiva es:

«Para que el Hombre sea una Idea de Dios, el Hombre debe ser Dios».

No significa que el individuo se adjudique la omnipotencia divina. Significa algo mucho más exigente: el Hombre no puede ser solamente una criatura que representa pasivamente una idea concebida por otro. Para ser plenamente Idea de Dios debe realizarla, encarnarla y asumirla como Acto. La identidad Dios–Hombre no es entonces un privilegio ni una sustancia poseída, sino una tarea que debe producirse continuamente.

La lógica “lo permite todo” porque abre el espacio de lo posible, pero no decide qué posibilidad merece devenir. Esa decisión pertenece al Acto. Por eso el texto concluye en “nada de Muerte”: la síntesis verdadera no cancela al Hombre para conservar a Dios ni mata a Dios para liberar al Hombre. Obliga a ambos a transformarse conjuntamente.

Las imágenes introducen una ironía bastante afilada. El hombre adinerado confiesa sus pecados, recibe la mediación sacerdotal y después practica una solidaridad perfectamente compatible con la conservación de su mundo. Hay arrepentimiento, absolución y donación, pero quizá no transformación. Cambia la contabilidad moral; no necesariamente el sujeto.

El hipócrita del texto sería precisamente quien hace del pecado una identidad confortable:

“Soy pecador, luego nunca se me podrá exigir que sea Dios”.

Así, la proclamación de humildad se convierte en una coartada contra el Devenir. Se confiesa para seguir siendo el mismo; dona parte de sus monedas para que no cambie la estructura que le permite acumularlas. El pecador presume de su impotencia moral mientras protege cuidadosamente su bolsa de palos de golf. El detalle casi redacta por sí solo una pequeña teología burguesa.

La objeción crítica que haría es esta: no toda síntesis crea. También existe una síntesis que concilia superficialmente las contradicciones y devuelve cada cosa a su sitio. Para pertenecer a la Naturaleza del Acto, la síntesis debe atravesar realmente la negación y producir una identidad nueva; de otro modo, sería solamente reconciliación decorativa.

En suma, el artículo contrapone dos actitudes: la religiosidad que administra eternamente al pecador y el Acto que exige al Hombre dejar de emplear su condición de pecador como excusa. No le ordena “creerse Dios”, sino algo bastante más incómodo: hacerse responsable de que Dios llegue a existir en sus actos. Ahí la Vida Eterna deja de ser premio posterior a la muerte y se convierte en producción presente de una vida donde Dios y Hombre no puedan salvarse por separado.