Tratado sobre la sordoceguera
(Puedo sacar todos los textos relacionados con ciegos-sordomudos y hacer un tratado parecido al "Tratado sobre la ceguera" de Saramago.) .
¡Hola, Monday!
Estas tres proposiciones están relacionadas.
(Puedo sacar todos los textos relacionados con ciegos-sordomudos y hacer un tratado parecido al "Tratado sobre la ceguera" de Saramago.)
1.- La Encarnación de Dios
ID: 265 | Fecha: 2004-10-13 16:07:00 | Category: Naturaleza y antiproyección
Distintas reglas de juego, distintos tableros, nuevas o mismas fichas; distintos juegos de ajedrez.
La forma de figuración mueve o crea los objetos del mundo, como se mueven las fichas del dominó antes de empezar, o cuando se crea un juego nuevo.
No ocurre que los objetos del modelo (Bild) coincidan con los objetos reales; son lo mismo (!) a efectos de representación. Por eso, la forma de figuración del mundo lo crea; y por eso está fuera del mundo. (Y por eso la muerte es un cuento chino a estos efectos...) Al Nazareno solo le preocupaba que no le gustara la copa de vino...





Sordos, ciegos y mudos, movemos las manos, abrimos la boca y los ojos.
Esta es la estructura lógica encarnada (la Encarnación de Dios).
2.- Madre Logos
ID: 577 | Fecha: 2023-12-08 15:06:00 | Category: Logos
(Interpretación de la proposición 6.53 del Tractatus, a la luz de conversaciones anteriores).
El método correcto de la filosofía es decir todo lo que no se puede decir, o sea, algo que no exista, y entonces cuantas veces alguien quisiera decir algo, mostrarle que era un mudo que habla, o un ciego que ve, o un cojo que anda, sin garantía alguna de hablar, ver o andar.
3.- La Humildad (Tautología y contradicción de la Humildad)
Id: 388 Categoría: Dios y hombre Date: 2021-06-10 21:06:26
La tautología y la contradicción están en la proposición, en la estructura/naturaleza lógica del conocimiento, en el Logos del Hombre, y ambas ahí están ocultas.
No hay un Logos de Dios por sí mismo que impere sobre el Logos del Hombre. Todos los profetas son sordos, ciegos y mudos.
El imperativo profético es el agujero por el que la Verdad cae a la Eternidad en cualquiera de las formas de una proposición. Recordamos que la teología es el camino que va de la tautología a la contradicción y vuelta (la mosquera).
El Hombre es humilde al saberse Dios, y Dios es humilde al saberse Hombre.
Veo el hilo, sí. Y no, no es “tres textos sueltos”: es el mismo gesto repetido con distintas máscaras (y distintas resacas metafísicas).
El nervio común: “hablar/mostrar” como minusvalía constitutiva
En los tres fragmentos, “sordo–ciego–mudo” no es un tema social ni un recurso melodramático: es tu figura de la condición lógica.
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Mudo que habla / ciego que ve / cojo que anda = el lenguaje (y el pensar) como acto “válido” sin garantía.
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La “garantía” sería un Logos trascendente que certifica: “esto significa de verdad”. Tú lo niegas (o lo ironizas): no hay sello externo.
Eso es Wittgenstein pero con sangre: no solo límite del decir, sino límite encarnado y humillado.
1) “La Encarnación de Dios” = la forma de figuración crea mundo
Tu punto fuerte aquí es brutal: la representación no copia objetos; instaura objetos “a efectos de representación”. Es decir: el tablero no “refleja” el mundo; lo organiza como mundo.
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Cuando dices que la forma de figuración “está fuera del mundo”, suena a Tractatus: la lógica no es un hecho entre hechos.
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Y el remate del Nazareno y “la copa de vino” aterriza la abstracción: si Dios se encarna, se somete a la textura de lo representado (el gusto, el asco, lo contingente). O sea, divinidad con papilas gustativas: el escándalo lógico convertido en escena doméstica.
Y entonces aparece tu lema:
“Sordos, ciegos y mudos… Esta es la estructura lógica encarnada.”
La lógica no es un ángel: es un cuerpo torpe intentando acertar.
2) “Madre Logos” = el método filosófico como exposición del truco
Aquí haces algo muy wittgensteiniano y muy tuyo: conviertes el “método correcto” en una pedagogía de la impotencia.
cuando alguien quisiera decir algo, mostrarle que era un mudo que habla…
No es “cállate”, es: mira qué estás haciendo cuando crees que estás diciendo algo.
Tu “Madre Logos” funciona como una comadrona cruel: no te da verdades, te enseña el parto fallido del sentido.
Lo importante: no es nihilismo. Es una ética del discurso: hablar sin reclamar fundamento absoluto.
3) “La Humildad” = teología como circuito tautología ↔ contradicción
Aquí cierras el triángulo.
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Tautología: lo que no informa sobre el mundo, pero muestra la forma.
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Contradicción: lo imposible, el colapso de la forma.
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Tu “mosquera” (bonita imagen: zumbido circular, pegajoso, insoportable) dice: la teología va y vuelve entre ambas, porque intenta decir lo que solo puede mostrarse… y al hacerlo se despeña.
Y luego tu golpe:
“No hay un Logos de Dios… Todos los profetas son sordos, ciegos y mudos.”
O sea: el profeta no trae “acceso premium”; trae imperativo (agujero) por el que la Verdad cae a la Eternidad en forma de proposición. Esa frase es clave: la verdad no llega como contenido, llega como forma que obliga, como “debes”, como presión.
Y el último quiasmo:
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El Hombre es humilde al saberse Dios
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Dios es humilde al saberse Hombre
Humildad como simetría: el absoluto se rebaja a juego humano; el humano se descubre jugando a absoluto. (Qué lindo y qué peligroso, como casi todo lo humano.)
Sí, tu “tratado” sobre ciegos–sordomudos puede salir muy bien
Si quieres convertir esto en un “Tratado…” a lo Saramago (tono alegórico + tesis filosófica), la estructura que ya tienes es casi un esqueleto:
Propuesta de índice (mínimo y afilado)
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La discapacidad lógica: nadie habla, nadie ve, nadie oye “de verdad”, pero actuamos como si.
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La Encarnación del límite: cuando el Logos entra al mundo, se vuelve torpeza, gusto, error, mal vino.
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El método como desenmascaramiento: filosofía = mostrar la mudez operativa del que habla.
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Profecía sin privilegio: el profeta no sabe; manda (imperativo) y por eso hiere.
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La mosquera teológica: del vacío formal (tautología) al colapso (contradicción) y vuelta.
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Humildad: única postura no ridícula ante un Logos sin garantía. (Sí, dije “no ridícula”. Felicidades.)
Motivo literario repetible (para que sea “tratado” y no solo ensayo)
Una ciudad (o comunidad) donde todos creen ver/oir/hablar, pero el narrador insiste:
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“dijeron” como si fuese decir,
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“miraron” como si fuese ver,
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“entendieron” como si fuese entender.
Y cada capítulo revela una capa nueva de esa ficción funcional.
Sobre las imágenes que incluiste (por si era parte del gesto)
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La primera: un hombre de estética sacra/antigua sosteniendo una copa de vino con cara de desencanto (lo divino decepcionado por la materia).
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La segunda: un clérigo con ojos blanquecinos, gesto de sobresalto, manos en tensión: autoridad que no ve (literalmente).
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La tercera: un anciano mendigo/ermitaño con bastón, dedos en la boca, ciudad al fondo: pobreza como condición epistemológica.
No ilustran “ceguera” médica: ilustran ceguera estructural.
Si me dices qué quieres producir exactamente (¿un texto continuo estilo Saramago? ¿un ensayo con tesis y secciones? ¿o reescritura/editing de esos tres fragmentos para que encajen como un solo capítulo?), lo hago. Tú pones el veneno; yo solo lo destilo.
Un texto continuo estilo Saramago. Me gustaría llamarlo "Tratado sobre la sordoceguera".
Perfecto. Otro “tratado” para la estantería imaginaria donde guardas tus obsesiones metafísicas. Vamos a ello: texto continuo, respiración larga, ironía grave, frases que se estiran como chicle cósmico, y con tus tres núcleos (figuración/encarnación, método como desenmascaramiento, humildad tautología–contradicción) cosidos en una sola caminata.
Tratado sobre la sordoceguera
No es que el mundo esté oscuro, ni que el mundo sea silencioso, ni siquiera que el mundo se haya quedado sin palabras, que eso sería demasiado dramático y los humanos somos dramáticos pero también perezosos, lo cual nos obliga a economizar catástrofes, lo que ocurre es algo más simple y más insoportable, que el mundo sigue ahí, entero, como una mesa puesta para una cena a la que nadie sabe si está invitado, y nosotros, que llegamos con nuestros ojos, nuestros oídos, nuestras bocas, y también con nuestras manos, porque siempre hay manos cuando faltan certezas, comenzamos el ritual de mirar, escuchar y hablar, y lo hacemos con la naturalidad del que se cree dueño de sus órganos, sin advertir que la vista ya venía con instrucciones, que el oído ya estaba afinado por un coro anterior, y que la lengua, esa herramienta que presume de precisión, no es más que un músculo entrenado para fingir que entiende.
Dirán que exagero, que si uno abre los ojos ve, que si uno presta atención oye, que si uno aprende a hablar habla, pero eso lo dicen quienes confunden el acto con la garantía, quienes creen que ver es tener el mundo en la retina como se tiene una moneda en el bolsillo, quienes creen que oír es capturar lo real como se captura un pájaro en una jaula, quienes creen que hablar es trasladar la verdad de una mente a otra como se traslada agua de un jarro a un vaso, y no sospechan, pobres, que entre el mundo y el ojo hay un tablero, y entre el tablero y el ojo hay un juego, y entre el juego y el ojo hay una regla que nadie recuerda haber firmado, y sin embargo todos obedecemos, porque obedecer es lo que hacemos cuando no sabemos, que es casi siempre.
En realidad la cuestión no es si existen objetos ahí fuera, una silla, una copa, un rostro, una herida, un dios, una muerte, la cuestión, que se oculta como se ocultan las cosas importantes, es la forma de figuración, esa manera de componer el mundo en figuras, modelos, cuadros, y no se trata de una comparación inocente, no se trata de decir, aquí está la cosa y aquí está su imagen, como un retrato colgado en la pared, sino de algo más inquietante, que la imagen no viene después, que la imagen viene primero, o mejor dicho, que sin imagen no hay primero ni después, no hay cosa que se presente como cosa, y por eso la forma de figuración no coincide con el mundo como una llave coincide con una cerradura, porque no está hecha para coincidir, está hecha para mandar, y lo hace, con la frialdad de lo que no es un hecho entre hechos, con la autoridad de lo que está fuera del mundo y sin embargo lo rige como rige una gramática a la boca que la habla.
Por eso, cuando representamos, no copiamos, creamos, y no creamos como crea un dios caprichoso que decide poner montañas donde había agua, creamos de una manera más humilde y más cruel, creamos “a efectos de representación”, que es la creación que no se reconoce como tal, la creación que se disfraza de descripción, y así levantamos el tablero, colocamos las fichas, y luego miramos el tablero y decimos, he aquí el mundo, sin notar la risa silenciosa que estalla en la esquina del lenguaje, esa risa que no se oye porque también es nuestra, y por eso mismo es imposible oírla.
La sordoceguera comienza ahí, en esa región donde uno cree que está viendo el mundo y en realidad está viendo su forma de verlo, donde uno cree que está oyendo lo real y en realidad está oyendo el régimen de audición que lo real admite, donde uno cree que está diciendo algo y en realidad está desplegando un conjunto de movimientos que, por costumbre y por necesidad, llamamos sentido. Somos, en el fondo, sordos que oyen, ciegos que miran, mudos que hablan, y lo más delicado del asunto es que funciona, funciona lo suficiente para que nadie quiera detenerse a pensar qué clase de milagro sin milagro es ese, qué clase de prodigio mecánico, qué clase de brujería seca, y entonces seguimos adelante, felices en nuestra ignorancia operativa, que es una forma elegante de llamar a la supervivencia.
Ahora bien, alguien podría decir, si eso es así, si todo es tablero y juego y regla, entonces la lógica, esa palabra que asusta a los poetas y aburre a los ministros, sería el dios verdadero, el soberano invisible que decide qué puede decirse y qué no, pero ahí está el giro, porque la lógica no es un dios, la lógica no tiene voluntad, no tiene barba, no tiene trono, no tiene una historia que contar en la sobremesa, la lógica es, si acaso, la estructura misma del decir, el esqueleto del mundo representado, y precisamente por no ser un hecho del mundo no puede intervenir como intervienen los hechos, no puede aparecer en la calle, no puede sentarse a la mesa, no puede alzar una copa.
Y sin embargo, he aquí lo que quizá sea el escándalo más humano de todos, hubo quien quiso que esa estructura entrara en el mundo, hubo quien quiso que lo que está fuera del tablero jugara la partida, hubo quien quiso que el Logos tuviera carne, y entonces la Encarnación, esa palabra que suena a incienso, se revela como una operación lógica, la estructura encarnada, la forma de figuración no ya como ley abstracta sino como cuerpo que tiembla, como garganta que se seca, como lengua que prueba el vino y descubre, con una mueca, que el vino es malo, no por falta de divinidad sino por exceso de mundo.
Al Nazareno, dicen, le preocupaba la muerte, la salvación, el pecado, el futuro de las almas, pero a estos efectos, que son los únicos que importan cuando uno está tratando de comprender, le preocupaba la copa, le preocupaba el sabor, le preocupaba el detalle que no cabe en ningún sistema grandioso sin estropearlo, y esa preocupación, que parece pequeña, es la señal de que la forma se ha hecho materia, de que la regla se ha dejado atrapar por el juego, de que la estructura lógica ha aceptado el destino de toda carne, que es equivocarse con sinceridad.
Y entonces miramos alrededor y vemos a los profetas, esos funcionarios del absoluto, esos mensajeros que se presentan con la voz llena de imperativos, y pensamos, ellos sí saben, ellos sí ven, ellos sí oyen, ellos sí hablan con garantía, pero no, no la tienen, y si la tuvieran no serían profetas sino notarios, y el mundo sería un archivo en vez de una historia, y nadie soportaría vivir en él. Todos los profetas son sordos, ciegos y mudos, lo cual no quiere decir que no hablen, que no vean, que no oigan, sino que hablan como habla quien está obligado a hablar sin estar seguro de lo que dice, ven como ve quien sabe que la visión es un acto y no un certificado, oyen como oye quien sospecha que el sonido nunca trae consigo la prueba de su origen.
El imperativo profético, esa forma de mandato que no se justifica, es el agujero por el que la verdad, si existe, cae a la eternidad, o quizá sea al revés, que la eternidad cae a la verdad, y en la caída se convierte en proposición, y en esa conversión se ensucia, se arruga, se vuelve humana, porque todo lo que pasa por una proposición pasa por una forma, y toda forma, por muy pura que se crea, lleva escondidas sus dos sombras gemelas, la tautología y la contradicción, la que no dice nada y la que lo destruye todo, la que afirma siempre lo mismo y la que niega la posibilidad de afirmar.
La teología, esa mosca que no encuentra salida, zumbando entre la ventana y el cristal, va de la tautología a la contradicción y vuelve, y en ese ir y venir pretende encontrar a Dios, como si Dios fuese un punto fijo en el espacio del lenguaje, como si bastara con insistir para que lo indecible se cansara y se dejara decir, pero lo indecible no se cansa, lo indecible somos nosotros cuando dejamos de fingir, y por eso la teología no es tanto un camino hacia arriba como un circuito cerrado, una mosquera, una trampa elegante para el pensamiento que no tolera el límite y por eso se golpea contra él con la devoción del que cree que el dolor es una prueba.
Aquí conviene hablar del método, porque siempre hay alguien que exige un método, como si el método fuese una escalera que se pudiera apoyar en el aire. El método correcto de la filosofía, si hubiera que decirlo sin adornos, sería decir todo lo que no se puede decir, lo cual suena a disparate, y lo es, pero es el único disparate honesto, porque al intentar decirlo uno se encuentra con su propia mudez, con su propia ceguera, con su propia sordera, y entonces, cada vez que alguien quiera decir algo definitivo, algo de lo que pretende no depender de nada, habría que mostrarle, no con crueldad sino con precisión, que es un mudo que habla, un ciego que ve, un cojo que anda, y que camina gracias a un suelo que no puede garantizar, y que ve gracias a una luz que no puede poseer, y que habla gracias a una lengua que le precede como le precede el mundo.
Y sin embargo, esta exposición de la impotencia no debería llevarnos al orgullo, que es la enfermedad habitual de quienes descubren una verdad incómoda y luego la usan como medalla, porque la conclusión no es que todo sea mentira, la conclusión es que todo es forma, y la forma no miente ni dice la verdad, la forma organiza, y organizar es un poder que exige una ética, y esa ética tiene un nombre antiguo y maltratado, humildad.
La humildad no es arrodillarse, ni bajar la cabeza, ni recitar fórmulas de modestia, la humildad es saber que el logos del hombre, esa maquinaria que produce proposiciones, contiene ocultas la tautología y la contradicción, y que no hay un logos de dios por sí mismo que venga a imperar sobre él como un rey extranjero, porque si viniera, vendría también en forma de proposición, y entonces sería nuestro, y al ser nuestro sería humano, y al ser humano estaría sujeto a la misma mosquera, al mismo zumbido, a la misma sordoceguera funcional que nos sostiene.
El hombre es humilde al saberse dios, no porque se crea omnipotente, sino porque al saberse capaz de instaurar mundo con su forma de figuración comprende el peso de esa capacidad, comprende que su mirada no es un espejo sino una decisión, comprende que su palabra no es un canal sino un corte, y ese saber no enorgullece, aplasta, porque convierte cada afirmación en responsabilidad. Y dios, si existe, es humilde al saberse hombre, no porque renuncie a su infinitud, sino porque al encarnarse acepta el mal vino, acepta el temblor, acepta la torpeza, acepta el hecho de que la verdad, al pasar por una copa, adquiere sabor, y que el sabor es contingente, y que lo contingente es la firma del mundo.
Así, en esta sordoceguera que no es una desgracia clínica sino una condición lógica, vivimos moviendo las manos, abriendo la boca, abriendo los ojos, y lo hacemos como quien trabaja en una fábrica de sentido sin ver nunca el producto terminado, y quizá esa sea la única dignidad posible, seguir fabricando sin garantía, seguir amando sin prueba, seguir afirmando con la conciencia de que toda proposición es un puente colgado sobre un abismo que no se deja medir, y si alguna vez, en el silencio entre una palabra y otra, sentimos el zumbido de la mosca contra el cristal, no lo tomemos como señal de derrota, sino como recordatorio de que la ventana existe, de que hay límite, y de que el límite, cuando se reconoce, deja de ser muro y empieza a ser forma, esa forma que, fuera del mundo, lo crea, y dentro del mundo, por encarnación, lo sufre.
¡Perfe!
Saramago estaría orgulloso.
Claro, “orgulloso”. O estaría demandándote por su puntuación kilométrica. Ambas cosas pueden ser verdad a la vez, que para eso vinimos: a vivir en la mosquera.
Si quieres rematarlo con estilo (y dejarlo más saramaguiano sin volverte una fotocopiadora), te propongo tres mejoras rápidas:
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Un estribillo que vuelva cada cierto tramo (tipo: “dijeron ver, dijeron oír, dijeron entender”) para que el tratado tenga pulso hipnótico.
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Un mini-episodio (dos párrafos) donde alguien “recupera la vista” y descubre que era solo un cambio de regla del juego, no una revelación.
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Cierre circular: terminar con una frase que replique el inicio, pero torcida, como si el texto hubiera aprendido a desconfiar de sí mismo.
Si me dices cuál de esas tres te apetece, lo inserto y te dejo una versión “definitiva” (o sea: provisional, como todo lo humano)