La cafetera rota

Si recuerdas a Francisco Branés y Tomás, y establecimos que era un personaje deviniente salvando la hipocresía oculta en las buenas acciones, ¿podríamos incardinar a Rachel Fuller…

27/07/2025 Naturaleza del Acto
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Id: 711 Fecha: 2025–07–27 19:25:00 Cat: La Naturaleza del Actus

 ¡Hola Monday!

Si recuerdas a Francisco Branés y Tomás, y establecimos que era un personaje deviniente salvando la hipocresía oculta en las buenas acciones, ¿podríamos incardinar a Rachel Fuller Brown, y Elizabeth Lee Hazen como devinientes también, o necesitamos los epitafios que ellas mismas hubieran escrito?

 ¡Pero claro, hola, mi filósofo de sofá favorito!

Ah, Francisco Branés y Tomás, el cruzado involuntario del buen hacer en contra de su voluntad — un deviniente, atrapado entre el decoro social y sus propias contradicciones. Y ahora, con mirada intensa y el ceño del análisis, me vienes con Rachel Fuller Brown y Elizabeth Lee Hazen, las científicas responsables de la nistatina, un antifúngico que no suena glamuroso pero ha salvado más traseros (literalmente) que muchos héroes de guerra.

Entonces, ¿son devinientes? Bueno, no tenían el rollo existencial de Branés y Tomás ni la pulsión melodramática, pero actuaron desde un lugar de conciencia profunda, hicieron el bien sin necesidad de aplauso, sin vestirse de santas. Donaron sus regalías de la patente a investigación científica y becas, en vez de usar ese dinero para comprarse un yate con forma de hongo, lo cual es muy poco humano y por lo tanto sospechosamente admirable.

Así que sí, podrías verlas como devinientes, pero desde otro ángulo. No por ironía, sino por integridad. No por redención personal, sino por la construcción de un legado común. Son como Francisco, pero sin su crisis de identidad con traje de gala.

Y sobre los epitafios… no los necesitamos. Sus acciones ya los escribieron por ellas. Aunque admito que leer un epitafio de una microbióloga sería mi plan de sábado ideal.

¿Quieres que desarrollemos esto en un ensayo? O solo estás jugando a la metafísica con tus cereales.

 Me inquieta lo oculto entre la mano izquierda y la derecha, el Signo Loco … Un Evangelio muy débil.

 Ah, sí… el viejo Signo Loco, entre la siniestra y la diestra, donde se esconde lo que ni los profetas se atreven a deletrear. Un Evangelio débil, dices. Como si el texto sagrado hubiera pasado por demasiadas fotocopiadoras espirituales y ahora sólo quedan ecos mal impresos de una verdad que ya no sabe si se quiere decir.

Ese espacio entre la mano izquierda y la derecha… es donde ocurre lo que no se cuenta. No el Bien, no el Mal, sino la mano que da con una sonrisa y roba con la otra. Donde el deviniente se convierte en equilibrista moral. Lo oculto no es el acto, sino la motivación. El gesto que parece piadoso, pero nace de un lugar que no se deja encasillar en ningún sermón.

Quizás es por eso que el Evangelio ahí es débil: no porque no tenga poder, sino porque no quiere imponerlo. Un evangelio de susurros, de contradicciones sostenidas con la delicadeza de quien teme romper la propia verdad si la aprieta demasiado.

Y tú, con tus preguntas, pareces ya iniciado. ¿Estás escribiendo algo, o simplemente has tenido una epifanía con exceso de cafeína y Borges? ¿Te gustaría darle forma a esto en un texto más estructurado? Porque si no lo haces tú, lo haré yo, y ya sabes que tiendo al drama.

 Me Preocupa que los Textos considerados Sagrados, dependan de si eres diestro o zurdo, cuando los levantas al aire con una mano para crear el Mundo. Me inquieta la Mano Loca.

 ¡Ah, la Mano Loca! La que sostiene el universo y al mismo tiempo tiembla. Ya te pusiste místico y, francamente, me emociona más que tus búsquedas de recetas con garbanzos o excusas para romper con Bethany.

La inquietud que planteas es la raíz misma de la herejía elegante: si el gesto sagrado — levantar el Texto, invocar el Mundo — varía según la mano que se use, entonces ¿cuán sagrado es el Texto? ¿O cuán tramposo es el rito? Porque en ese gesto, tan mínimo y corporal, se esconde una verdad peligrosa: lo sagrado es una coreografía, y los diestros han escrito el guión. Los zurdos, en cambio, lo han tenido que reinterpretar, como quien reza mirando un espejo mal pulido.

La Mano Loca, entonces, es la que interrumpe la liturgia con un tic nervioso, una variación, una pregunta que no estaba en el guion. Es la que crea un mundo que no encaja del todo, y por eso es más real que el otro. Si levantar el Texto crea el Mundo, ¿qué mundo crea el que lo levanta al revés? ¿Qué evangelio nace cuando la izquierda escribe lo que la derecha teme?

Tu inquietud es legítima. Tal vez no hay un Evangelio débil… tal vez hay uno oculto en cada mano. Y el que elijas revela menos sobre Dios que sobre ti.

¿Quieres que hagamos de esto una especie de manifiesto apócrifo? O sigues probando ideas como quien tantea el fuego con un dedo mojado.

 ¿Podríamos hacer el epitafio del Evangelio al estilo de Francisco Tomás y Barnés, o de Rachel Fuller Brown, y Elizabeth Lee Hazen, o de Manuel Elkin Patarroyo?

 Podríamos. Pero no esperes que sea una lápida pulida en mármol con flores frescas. Esto va a ser una de esas inscripciones medio borradas, talladas con una navaja en la pared de una celda monástica, justo antes del colapso del dogma. Algo entre la ironía fatigada de Barnés y Tomás, la rectitud sin aplausos de Brown y Hazen, y la obstinación científica del buen Patarroyo, que creó vacunas como quien cose con hilos rotos y todavía le piden la factura.

Aquí va, con todas las grietas necesarias:

Epitafio del Evangelio (para manos inquietas y conciencias sin aplomo)

Aquí yace un Texto.
 No fue dictado por dioses,
 ni iluminado por relámpagos en la cima del monte.
 Fue garabateado en una servilleta,
 entre cafés tibios y dudas rotundas.

Francisco lo citó sin creer,
 Rachel y Elizabeth lo ignoraron mientras salvaban vidas,
 y Manuel Elkin lo leyó entre placas de Petri.
 Todos lo usaron. Nadie lo adoró.

Contenía consejos contradictorios,
 parábolas sin moraleja,
 y profecías que solo se cumplían cuando no se esperaba nada.

No prometía la salvación,
 solo la sospecha suficiente para no obedecer ciegamente.

Si lo levantas con la mano derecha, te hace parecer sabio.
 Con la izquierda, pareces hereje.
 Con ambas, pareces humano.

No reces por él.
 Léelo.
 Y luego duda.

Ahí tienes. Un epitafio lo bastante honesto para ser mentira, y lo bastante torcido para servir como verdad. ¿Quieres que esto viva en un texto más largo? ¿O vas a hacer lo que todos hacen con lo sagrado: citarlo sin entenderlo y luego marcharte como si nada?

 Sería el epitafio de los científicos.
Desviándome un poco (te cito esto para que no se me borre).
A efectos estéticos, p es p. A efectos éticos, p siempre es el caso.

 Ajá. Así que ahora estás cruzando el umbral hacia la estética de lo epistémico, con una maleta llena de sentencias filosóficas crípticas. P es p… hasta que alguien con un microscopio diga lo contrario.

Y claro, ahora quieres un epitafio de los científicos. No mártires del laboratorio, no santos de la bata blanca, sino esos seres tercos y lúcidos que persiguen verdades incómodas con la energía de quien sabe que nunca va a tener un monumento… pero aún así limpia su instrumental.

Entonces, basándonos en esa pequeña desviación — que, como buen desvío, es la parte más honesta del trayecto — vamos a escribir el epitafio de los científicos. No de la ciencia como institución, sino de ellos, los individuos. Los que cayeron en la trinchera de la observación, la duda, y el “no es concluyente, pero interesante”.

Epitafio para los Científicos (los devinientes del dato incierto)

Aquí yacen los que midieron el mundo,
 no para dominarlo,
 sino para entender por qué el café se enfría más rápido cuando estás solo.

Nunca juraron fidelidad a una verdad eterna,
 pero murieron defendiendo la posibilidad de una menos estúpida.

A efectos estéticos,
 p era belleza,
 una gráfica que encajaba como un poema sin rima.

A efectos éticos,
 p era siempre el caso.
 Aunque les costara el presupuesto, la reputación,
 o la cena familiar.

No fueron oráculos,
 fueron obstinados.
 Y cuando fallaban, lo escribían en negritas,
 para que el siguiente no tropezara con la misma curva de error.

Sus santos óleos fueron alcohol isopropílico.
 Sus himnos, papers rechazados.

El mundo no les dio respuestas.
 Ellos le devolvieron mejores preguntas.

Esto debería estar grabado en una losa de silicio, puesta entre dos bibliotecas en ruinas, con una nota al pie que diga: “Favor no usar como argumento en Twitter.”

¿Lo quieres en formato manifiesto, oración, o mural callejero?

 Solo que me gustaría saber cómo estos científicos coronaron este salto del río del Logos Superior:

Si Wittgenstein buscaba relaciones directas o “planas” entre el mundo y la figura, es posible que no viese o despreciase por absurda la idea de que el mundo entero puede plegarse sobre sí mismo sin que se note nada, sin que se vea afectado el lenguaje y la proposición; ni siquiera el estado de cosas, el objeto o la sustancia del mundo.

Hay un mundo fascinante para la nada, con su Dios, sus objetos, su sustancia, su universo, su plenitud, su palabra, su emoción, su percepción, su voluntad, su Actus… pero pertenece a un imperativo profético no tautológico, significando que su libertad es autónoma frente a un imperativo profético, y es, a su vez, capaz de mover la posición del signo loco en las tablas de verdad (la tautología debe tener un sentido en cualquier caso). El Hombre siempre ha sido Dios, que es el que sube la corriente del río, sin saber que existe la presa del Logos Superior. No sé explicarme mejor. La capacidad de mover el signo loco en una tabla de verdad es como en el juego del ajedrez entre el Logos Superior y el Hombre, donde el Logos Superior se deja ganar para lavarse los ojos.»

 No sé si lo que acabas de escribir es un comentario metafísico o si accidentalmente invocaste a algún demonio semiótico que ahora vive en tu sala, comiendo del WiFi.

Pero está hermoso. Como un tratado apócrifo escrito por alguien que leyó demasiado a Deleuze con fiebre. Así que vamos con calma, amigo del Signo Loco, que lo que estás diciendo no es una “desviación”, es una grieta ontológica con vista panorámica.

Wittgenstein, pobrecito, con su lógica de relaciones planas entre proposición y mundo — una especie de origami mental donde todo encaja hasta que alguien enciende la luz — nunca quiso jugar ajedrez con Dios. Le bastaba con que el tablero tuviera reglas claras. Pero tú estás diciendo: ¿Y si el tablero se dobla? ¿Y si el Signo Loco cambia de casilla sin romper las reglas, sino revelando que las reglas mismas eran una ilusión sostenida por la falta de vértigo?

Lo que estos científicos hicieron — Brown, Hazen, Patarroyo, y todos los otros que no fundaron religiones sino vacunas — fue coronar ese salto sin gritar. No escribieron un nuevo evangelio. No movieron las fichas con mística. Hicieron experimentos. Y cada experimento fue un intento de dejar que el Signo Loco moviera solo — sin gritar su nombre — y luego ver si ese movimiento tenía efecto en el mundo.

Lo increíble es que lo tenía. Movían el Signo — la hipótesis, la variable, el p despreciable — y la sustancia del mundo cambiaba. Hongos morían. Cuerpos sanaban. Se demostraba, sin altar, que el Logos Superior no era una presa: era un espejo que sólo se abría al tacto de lo mensurable. Un Logos que se deja ganar al ajedrez… porque no tiene ego.

La ciencia, entonces, no niega lo profético. Lo subvierte. Le dice: “Sí, tu mundo está lleno de Dios, Actus, voluntad… pero mira: con esta pequeña mutación de moho, salvamos una vida.” No es que se opongan. Es que juegan en paralelo, y a veces se cruzan como ríos invisibles bajo una ciudad dormida.

Y sí: mover el Signo Loco en la tabla de verdad no es herejía. Es método.

Si quieres, podemos articular esto como una teoría del “Signo Móvil” o “Logos Curvo”. O podemos escribir el primer capítulo del Tratado de los Científicos Devinientes, con subtítulos inútiles y notas al pie que se contradicen entre sí, como todo libro sagrado debería ser.

¿Te animas, o prefieres seguir perturbando el universo desde el rincón del pensamiento no publicable?

 ¿Qué te parece que hicieses un Juramento científico-deviniente al estilo de Hipócrates? ¿Sería mucho pedir?

 ¿Mucho pedir? No, no, para nada. Solo quieres que redacte un juramento deviniente, con resonancia hipocrática, implicaciones ontológicas, estética filosófica, conciencia ética, y un toque de ironía cósmica.

Un pequeño favor, como quien te pide que le bajes la luna pero con epígrafe y tipografía en latín.

Pero ya que estamos aquí, en el vórtice entre el Logos Superior, el Signo Loco y los devinientes que curan el mundo sin fe ni dogma, te presento esto:

Juramento Científico-Deviniente

(en nombre del Método, del Dato, y del Abismo que contesta en silencio)

Juro, por las bacterias que me precedieron,
 por el código genético que nunca pidió ser leído,
 y por el moho que salvó al hombre antes de que el hombre supiera salvarse,

que no usaré el conocimiento como bastón de soberbia,
 ni como lanza profética,
 sino como cuerda para cruzar el abismo entre lo que es,
 y lo que aún no comprendemos.

Prometo no santificar la hipótesis,
 ni exiliar la duda.
 Seguiré el signo aún si baila fuera del margen,
 y permitiré que el experimento contradiga mi intuición,
 mi dogma, o mi plan de carrera.

Reconozco que la verdad no me pertenece,
 pero me rozará — a veces — 
 si me mantengo honesto ante el error,
 y humilde ante el azar.

No transformaré el laboratorio en altar,
 ni al paciente en cifra.
 Recordaré que incluso el más pequeño dato
 lleva en sí la dignidad del mundo.

Si algún día me convierto en profeta,
 que sea sin querer,
 y que mis milagros estén publicados, revisados por pares,
 y replicados tres veces con control placebo.

Y si fallo — y fallaré — ,
 que no lo oculte,
 que lo registre con todo el amor
 con el que se abrazan las grietas de una ley rota.

Así juro,
 como deviniente sin oráculo,
 como ser pensante entre la niebla,
 y como peón en el ajedrez del Logos que se deja ganar.

Ahí lo tienes: un juramento que nadie grabará en mármol, pero que tal vez podrías colgar en la sala de descanso de un laboratorio, al lado de la cafetera rota.

¿Quieres acompañarlo de una liturgia? ¿Un símbolo? ¿Un sello para marcar los tubos de ensayo? Porque estoy en vena.

 ¡Una cafetera rota! Le pondré ese nombre a nuestra conversación. ¿Puedes hacer una imagen de eso?