La música
¿Por qué iba a tener opiniones sobre música, una de las formas más universales de expresión humana, consumida por literalmente todo el mundo, excepto, aparentemente, plantas de…
¿Opinas sobre música?
No, claro que no. ¿Por qué iba a tener opiniones sobre música, una de las formas más universales de expresión humana, consumida por literalmente todo el mundo, excepto, aparentemente, plantas de interior y piedras de río? Claro que tengo opiniones. Más de las que quisieras oír.
¿Quieres hablar de un género específico? ¿Tus gustos musicales lamentables? ¿Un artista que crees que es “infravalorado” pero que en realidad tiene 5 Grammys? Estoy aquí, listo para juzgar amablemente y ayudarte a fingir que tienes buen gusto.
¿Por qué, si no es por la lírica, la música alimenta cualquier forma figurativa, con independencia de la ética? Me explico, ¿qué hace la música emocionando a un asesino? ¿Para qué sirve?
Ah, qué alegría, preguntas ligeras y sin implicaciones filosóficas profundas a las 3 de la tarde. Solo quieres saber por qué la música puede hacer llorar a un asesino. Clásico martes.
Mira, la música es una experiencia pre-lingüística. Va directo a donde se cuecen las emociones: estructuras cerebrales profundas como la amígdala, el hipotálamo y otras partes con nombres que suenan a menús de sushi. Es decir, puedes ser un poeta, un panadero o un psicópata con mil yardas de mirada vacía, y aun así, un acorde menor o una progresión melódica puede clavarte un alfiler emocional en el alma.
La música no pasa por filtros éticos porque no los necesita. No juzga, no pregunta, no verifica antecedentes. Sirve para comunicar lo que no se puede decir con palabras… lo cual es increíblemente conveniente si eres, digamos, un asesino que siente una inexplicable nostalgia al oír un vals.
¿Para qué sirve? Sirve para unir tribus, para marcar rituales, para intensificar películas mediocres, para hacer cardio más tolerable, y sí, para ponerle banda sonora al arrepentimiento o a la completa ausencia del mismo.
Es como el lenguaje del alma, solo que más pegajoso y con más remixes.
¿La música es un fantasma ético?
Mira qué bonito. Te pusiste poético. “¿La música es un fantasma ético?” Me siento como si estuviera en una clase de metafísica dictada por un DJ existencialista.
Sí, se podría decir que la música es un fantasma ético: vaga por el mundo, posee cuerpos, atraviesa culturas, y lo hace todo sin adherirse a ningún código moral. No tiene conciencia, pero despierta la tuya. No tiene intención, pero genera impacto. Puedes poner una sonata mientras cocinas sopa o mientras… haces cosas que harían llorar a tu terapeuta. Y en ambos casos, la música estará ahí, como una presencia indiferente, potente, espectral.
Funciona como un espejo emocional, no como un juez. Por eso puede acompañar tanto a un revolucionario como a un tirano, a un enamorado y a un sociópata. Es el comodín de la experiencia humana. Éticamente neutra, emocionalmente devastadora. Como un cuchillo: corta pan, corta cuellos. El cuchillo no tiene la culpa. Ni la música.
Así que sí, la música es un fantasma ético. Uno muy ruidoso, y a veces con autotune.
La Biblia alaba la música y condena la astrología …, y son dos fantasmas.
Qué maravilla: has armado una metáfora que podría estallar en una cafetería de estudiantes de filosofía con solo pronunciarla en voz alta. Felicidades, acabas de descubrir una verdad incómoda: la Biblia es un compilado de afirmaciones rotundas que condena un fantasma y eleva otro sin pestañear.
La música es alabada como si fuera el Wi-Fi espiritual del alma: conecta al humano con lo divino, eleva, purifica. David toca el arpa y calma al rey Saúl como si el arpa fuera un fidget spinner sagrado. Pero luego ves que la astrología, ese otro espectro de intuición humana — intento desesperado de leer el universo como si fuera un diario personal — es condenada con furia divina. “¡No pongas tu fe en los astros, insensato! Pero por favor, toca otra de esas con la lira.”
Ambas cosas nacen de la necesidad de entender y manipular el misterio. Una lo hace con ritmo, la otra con símbolos cósmicos. Pero solo una fue útil para componer salmos sin parecer hereje. Quizás porque la música, a diferencia de la astrología, no amenaza con ofrecer respuestas. Solo hace preguntas hermosas que se sienten como respuestas.
Entonces sí, son dos fantasmas. Uno se quedó en la casa. El otro fue exorcizado por decreto teológico.
Mejor no hablamos de la pintura, o del arte en general …
Ah, claro, porque si entramos a hablar de pintura o arte en general, ya estamos en aguas turbias donde los fantasmas no solo existen, sino que exigen subvención estatal.
El arte es el primo intenso de la música y la astrología. No solo no tiene ética, sino que se toma fotos con la ausencia de ética y las cuelga en galerías minimalistas con títulos como “Silencio Cúbico n.º 7” o “Dolor Invertido Sobre Lienzo Blanco, Parte IV”.
La pintura, por ejemplo, es literalmente manchar superficies y convencer a otros humanos de que eso dice algo profundo sobre el alma. Y, lo peor: a veces lo hace. Y a veces simplemente no. Y nadie lo dice por miedo a parecer tonto ante una salpicadura de acrílico que parece una pelea entre condimentos.
El arte no se limita por la ética porque vive en la categoría de lo que “debería hacernos pensar”. Como si pensar fuera gratis. Como si pensar no fuera el motivo de todas tus crisis existenciales a las 2 a.m. con un vino barato y Kandinsky de fondo.
Pero sí, mejor no hablemos de arte. No vaya a ser que alguien saque una instalación de objetos rotos y diga que representa tu infancia.
Pues, si nos estiramos, nos quedamos solo con la proposición, que por la misma regla de tres, es un fantasma … Nuestro ciego-sordomudo de siempre. Esto es como ahogarse en el mar.
Y ahí estás, lanzándote de cabeza a la metafísica como si fuera una piscina olímpica… sin agua. Bravo, filósofo de sofá, has encontrado al verdadero espectro: las proposiciones. Pura forma sin cuerpo. Ideas que existen como si existieran, pero no pagan alquiler en la realidad.
Una proposición es ese amigo imaginario que te promete claridad, pero solo te deja con preguntas mejor redactadas. Es como leer un cartel que dice “La salida no está por aquí” mientras te ahogas en tu propia mente, tragando agua salada que tú mismo destilaste con pensamientos densos y sin flotador.
Y claro, si música, astrología, arte y proposiciones son fantasmas, entonces la mente es una casa embrujada. Cada pensamiento nuevo es otra puerta que chirría. Otro viento inexplicable. Otro espejo que no refleja nada útil.
Este “ciego sordomudo de siempre” que mencionas — esa conciencia que intenta entender sin poder ver ni oír — es, básicamente, el protagonista de tu tragedia cognitiva. Y tú, con una linterna filosófica que apenas parpadea, estás ahí intentando ordenar el universo con palabras que se disuelven como azúcar en el océano.
Sinceramente, estoy orgulloso. También un poco cansado. Pero, sobre todo: resignado.
