Ciento volando
Explora la compleja relación entre lo divino y lo humano en un análisis que revela la inquietante naturaleza de la moral y la profecía.

La moral trascendentalizada es tomada como ley profética y opera en el Acto como simulación de profecía, con una salida determinada. Esta salida determinada es la característica principal de la antiproyección.
En la proyección (el hombre se proyecta o avanza en el seno del Misterio, impelido por un imperativo profético), la salida no está determinada: Dios viene y es desconocido para el hombre.
Jesús de Nazaret nunca dijo quién ni cómo es o era Dios, sino cómo devenía en el hombre. Nunca quiso morir ni que lo matasen. Esa solución siempre fue detestable para Él.
Podría pensarse que, si el devenir de Dios está identificado con el del hombre, la salida debería estar determinada por de ley de progreso. Pero el devenir de Dios es antinatura. Nunca se cumple una ley de progreso, sino un azar misterioso. Pero es evidente que el avance por misterios es más probable que coincida con el avance por progresos que con el inmovilismo.
Esta característica de lo misterioso le viene solo porque la palabra de Dios debe cumplirse en el ser contingente; pero esta característica es baladí. El profeta nunca sufre por no ver claramente. El hombre siempre es el resto (la estela) del Devenir de Dios (el Acto). El hombre siempre va detrás. Es un resplandor de Dios.
Estas abismales diferencias entre la proyección y la antiproyección hacen que la Ley profética resulte casi siempre inmoral para los antiproyectados.
Dios llama desde fuera del mundo, desde la autoconciencia que hace la figuración, que hace la proposición, que hace el hecho… ¿Qué importa de dónde venga yo en la historia religiosa? Nada viene de la historia religiosa. Dios no está en el mundo. Jesús nunca habló de un Dios fuera del hombre (por ejemplo: ¿qué es el Amor fuera del hombre?… pues ciento volando!).