La levedad del ser
Explora la complejidad del ser humano a través del profetismo y la moral en las organizaciones, donde lo divino y lo humano se entrelazan en el misterio del Devenir.
Una organización, dependiendo de las especificaciones pactadas con la comunidad exterior, elabora y cuida una moral incrustada, necesaria para su eficacia y eficiencia. Esta moral no está al albur de un pretendido Acto misterioso durante sus operaciones, sino que está adecuadamente trascendentalizada. De otro modo, la organización debería actuar como un individuo, cosa prohibida, ya que eso la obligaría a poseer y usar una libertad salvaje interior, donde mora Dios, destruyendo más que probablemente los objetivos primarios (al uso o de mercado) de la misma...
El corazón de las comunidades es una libertad salvaje interior individual, que es la encargada de informar proféticamente a la comunidad (con verdadera o falsa profecía).

Esto sería una teoría de líderes, si no fuese porque el informador tiene necesariamente que ser un profeta (que habla con tautologías alfa) y a esos siempre les cortan la cabeza. Solo ese es el motivo por el que siempre tendremos pobres entre nosotros; también es ese el motivo por el que Dios no nos juzgará por nuestras caridades, fes o amores como tales (nadie sabe qué es eso de amor, fe o caridad como tal) sino por sus grados de profetismo.
El Acto es el contador del Devenir y procede del Misterio o la Otredad. El hombre no domina ese contador salvo con la humildad profética. A esto se supedita el amor o la fe, para la función de Devenir. Este es el modo en el que el hombre muere en Dios, o, mejor dicho, muere junto a Dios, en el remanso del río. Lo contrario de todo esto es que Dios muera en el Hombre (en los gráficos aparece como si la flecha de Dios se doblase bruscamente para seguir los recorridos de la cosmología de los antiproyectados. En los devinientes no habría un Dios que gira, sino una *sombra* de Dios, fruto de la proyección del Devenir sobre el plano del ser o "estela del Acto" - ser y no ser -. Ver Visión del conjunto).

Si dos profetas son iguales en P (en la proposición o en el sentido alfa o beta de la proposición), el devenir que produce el contrincante político, tomado como necesidad para ese devenir como diría Hegel, es un devenir infame: el verdadero profeta no deviene por el falso, y el falso solo deviene infamia: Como hay un Acto, necesariamente uno de los devinientes es verdadero y el otro falso (esta podríamos llamarla una función veritativa del espacio metalógico).
Insistiendo un poco en la teoría de los contrarios de Hegel:
- Que la contra política es necesaria para el Devenir (devenir trascendental, no natural), es una infamia.
- Que la comunidad es necesaria para el Devenir trascendental individual, por el mismo silogismo, es otra infamia.
- Que lo infinito hace Devenir a lo finito no es una infamia, pero es falso: Lo finito deviene en finito y lo infinito en infinito. El Acto se da, se produce Devenir, y luego cada uno sigue su camino: Dios a Dios y el Hombre al Hombre (el Hombre es estela del Acto. No os extrañéis porque Jesús de Nazaret se pudriese). En todo caso, se podría decir que lo infinito se niega a sí mismo para llegar a sí mismo o al hombre, como dice Hegel. Hay una parte de nosotros que nunca abandona el infinito. Solo que los antiproyectados, asustados, se esconden en el ser y hay que llamar a Jesús de Nazaret para que los saque de ahí... ¿A que te creías que era al contrario?
Dos profetas son iguales porque el profetismo derivado de sus modos de figuración coinciden. El caso contrario es el de las madres del juicio de Salomón. El objeto lógico que conecta los modos de figuración alfa son las cosas amadas con desprendimiento, y las beta, sin desprendimiento (por ejemplo, la moral incrustada en las organizaciones).