La dureza de los corazones
Explora la paradoja de la mística y la dureza del corazón humano en un análisis profundo que desafía nuestras concepciones sobre Dios y la naturaleza del hombre.

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Que los límites del lenguaje se encuentren en el silencio, como dice Wittgenstein, es mística, pero no profecía. Las cosmologías no se paran; los ontomotores siempre resultan en falsa o verdadera profecía. Dejarse caer en los dominios de lo místico es meter a Dios en el contrato. Dios no hace esas cosas. El hombre ya es místico en su funcionamiento natural... Las cosmologías ya están dobladas hacia la Otredad. La mística de vivencias interiores exclusivas son inertes... la mística es una estética de la antiproyección (una puesta en obra de la Verdad... antiproyectada).
La fórmula Dc = F(distancia física) + F(distancia sicológica) + Superser no es una ecuación mística, tal y como se entiende en el uso común... No lleva a un mayor o mejor conocimiento de Dios (cosa absurda) sino del Hombre (el amigo de Dios).
El hombre debe pactar con el hombre sobre Dios. Lo atado en la tierra queda atado en el cielo. Si el hombre es de fe, debe saber que Dios viene en el hombre a su manera. No tiene por qué desconfiar del hombre (bueno, la verdad es que no creo que los conservadores depreden por desconfianza desinformada, sino solo por llenar sus panzas. Pero es de cortesía hacer estas llamadas a la calma. Algo así como la música a las bestias) ...
Un deviniente hace profecía y toda su cosmología se desdobla hacia la Otredad. Es místico por naturaleza; y precisamente lo es por NO meter a ningún Dios en el contrato del hombre. La mística como aislamiento es antiproyección, aunque pudiese estar muy refrendada por la Historia (cosa baladí). También Dios permitió que los antiguos tuvieran varias esposas antes del Nazareno, por la dureza de sus corazones. Parece ser que Dios es paciente con la dureza de los corazones, como la de los místicos clásicos.